
La vieja Guadalajara guarda historias en cada piedra de cantera, en cada balcón oxidado y en cada campana que repica al caer la noche. Pero hay un sitio donde los susurros parecen cobrar forma: el antiguo Cementerio de Santa Paula, inaugurado en 1848 como fosa común y luego convertido en reposo de personajes ilustres.
Hoy lo conocemos como Panteón de Belén, museo mortuorio de pasillos silenciosos y tumbas que parecen observar al visitante.
Quienes lo recorren al anochecer dicen que el aire se vuelve más frío y que, entre la bruma, se distingue la figura de un caballero elegante… un catrín que no pertenece al mundo de los vivos.
Historia
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en las noches en que la luna apenas logra filtrarse entre los cipreses, un velador del panteón veía caminar a un hombre de traje impecable y sombrero oscuro. Su andar era pausado, casi ceremonioso, y siempre terminaba frente al mausoleo de la familia Arévalo, una de las estirpes más adineradas y temidas de la Guadalajara decimonónica.
La fama de carácter violento de aquella familia mantuvo al velador en silencio durante varias noches. Sin embargo, la curiosidad pudo más que el miedo.
Una madrugada decidió acercarse y llamar al misterioso visitante.
El caballero giró lentamente.
Dicen que el velador no pudo contener el grito: el rostro que emergía bajo el sombrero no era humano. Era un semblante sombrío, vacío de vida, con una expresión que helaba la sangre.
El hombre huyó a su cuarto y permaneció encerrado tres días. Cuando finalmente forzaron la puerta, lo hallaron sin vida. El susto le había detenido el corazón.
El origen del catrín
La tradición popular asegura que aquella figura podría ser un joven Arévalo, heredero de fortuna y vicios. Era conocido por su habilidad con la baraja y su inclinación por las apuestas clandestinas. Ganaba joyas, dinero y propiedades… pero también lo perdía todo con la misma facilidad.
En una noche fatal apostó incluso las escrituras familiares y terminó derrotado. Desesperado, caminaba rumbo a casa temiendo la furia de su padre cuando sintió una mano pesada sobre el hombro.
Una voz grave le susurró:
—Soy el diablo. Recuperarás lo perdido… a cambio de tu alma cuando yo lo disponga.
El trato fue aceptado.
Las pertenencias regresaron como por arte de magia, pero la soberbia del joven creció. Convencido de que su pacto lo volvía invencible, volvió a apostar.
Intentó hacer trampa.
Y entonces ocurrió el desenlace: el contrincante, al descubrirlo, le disparó a quemarropa.
El joven cayó muerto antes de que el demonio pudiera reclamar su parte.
El alma que no fue cobrada
Se cuenta que su padre, el señor Arévalo, imploró perdón divino por el destino del muchacho. Aquella oración habría impedido que el demonio se llevara el alma pactada, dejando la deuda suspendida… como una sombra que no encuentra descanso.
Dentro del mausoleo familiar existe un elegante cuadro cuyo valor material es menor comparado con su significado simbólico.
La leyenda afirma que el día en que ese retrato caiga por sí solo, el demonio regresará para cobrar la deuda… llevándose al alma más cercana.
El misterio persistente
Hasta hoy, visitantes y guías del panteón narran encuentros con el elegante caballero. Algunos lo ven inclinar la cabeza frente al mausoleo; otros juran que simplemente aparece entre los pasillos y se desvanece en la oscuridad.
¿Es el espíritu del joven Arévalo, condenado a vagar entre tumbas?
¿O el demonio, vestido de catrín, aguardando el momento en que la deuda pueda finalmente saldarse?
Sea cual sea la verdad, la figura del catrín se ha convertido en uno de los relatos más inquietantes del Panteón de Belén, atrayendo a curiosos y amantes del misterio que buscan sentir, aunque sea por un instante, el escalofrío de lo inexplicable.
Mire usted… la soberbia y el juego han perdido a más de uno desde tiempos antiguos. Los viejos decían que el diablo no siempre llega con cuernos y cola; a veces se presenta elegante, con sombrero y sonrisa amable.
Y cuando el trato se firma, no hay fortuna que valga ni tumba que otorgue descanso.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla. Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
