
Mis queridas almas lectoras pocas plazas en el mundo han sido tan testigo de la vida, la muerte y los secretos del alma humana como la antigua Plaza Mayor de la Ciudad de México. Bajo sus losas, donde hoy resuena el paso de miles, yacen historias que no han terminado de contarse… ni de descansar. Esta noche, a la tenue luz de la memoria, os relataré una de aquellas que hielan el aliento: la del hombre que murió no una, sino tres veces.
Una vida marcada por el crimen
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corría el año de 1649 cuando un hombre de origen portugués, de nombre perdido en el polvo del tiempo, fue encerrado en la cárcel de la corte. Su crimen, grave como pocos: había asesinado a un alguacil en el pueblo de Iztapalapa. Desde entonces, su destino parecía sellado por la justicia de la época, que no conocía indulgencia para tales actos.
Aquel hombre, dicen, guardaba silencio y mirada turbia, como quien ya ha cruzado en espíritu antes de que el cuerpo caiga. Y como bien decían los antiguos: quien mucho calla, más carga en el alma de lo que los labios pueden confesar.
El primer final: la muerte en soledad
Era domingo, día de misa y recogimiento. Mientras los presos atendían la eucaristía, el portugués fingió enfermedad y fue llevado a la enfermería. Allí, entre sombras y descuidos, halló la manera de adelantarse a la justicia… y se ahorcó.
Así ocurrió su primera muerte: sin testigos, sin plegarias, sin redención.
Pero la historia, lejos de concluir, apenas comenzaba.
La segunda muerte: justicia sobre un cadáver
Al conocerse el suceso, las autoridades no hallaron reposo en la idea de que el crimen quedara sin castigo. Y así, en una decisión que aún hoy provoca escalofríos, ordenaron que el muerto fuese ejecutado.
El cuerpo fue colocado sobre una mula y paseado por las calles del centro, acompañado por un pregonero que, trompeta en mano, anunciaba su delito a viva voz. La multitud observaba con asombro y temor aquel desfile imposible: un cadáver que aún debía pagar su culpa.
Al llegar a la Plaza Mayor —hoy conocida como el Zócalo—, el cuerpo fue colgado frente al Palacio Real, cumpliéndose así la segunda muerte del desdichado.
Durante horas, el pueblo lo contempló. Algunos, movidos por la superstición o el rencor, le arrojaron piedras, como si la muerte no bastara para saldar la cuenta.
El viento del castigo y la tercera muerte
Mas lo verdaderamente inquietante ocurrió después. De improviso, un viento violento se alzó sobre la plaza. Las campanas repicaron sin mano que las tocara, los cielos se oscurecieron y las ropas de los presentes se agitaron como si algo invisible reclamara presencia.
El murmullo no tardó en crecer:
—Tiene pacto con el demonio…
—Es el diablo quien viene por él…
Temerosos, los ministros ordenaron retirar el cuerpo. No debía permanecer más en aquel sitio. Fue entonces llevado al pueblo de San Lázaro y arrojado a las aguas negras y pestilentes del lago.
Así, sin tierra santa, sin tumba ni descanso, se consumó su tercera muerte.
El eco de los testigos
Desde entonces, se dice que el espíritu del portugués no ha encontrado reposo. Hay quienes aseguran que, en las noches de domingo, una figura vaga por los alrededores del Zócalo, arrastrando consigo el peso de sus tres muertes.
Algunos sienten un frío repentino. Otros escuchan ecos de campanas lejanas. Y no falta quien jure haber visto una sombra colgando donde ya no hay horca alguna.
Porque hay almas, mis estimados, que no descansan… no porque no quieran, sino porque el mundo no les permitió hacerlo.
Hijo, recuerda bien esto: la justicia del hombre puede castigar el cuerpo, pero es la conciencia la que decide si el alma descansa o se condena. Y quien muere sin paz… ni la tierra lo quiere recibir.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Texto creado por el Cronista Garbancero, basado en relatos de la Ciudad de México y recopilaciones diversas.
