
Mis queridas almas lectoras, hay ocasiones en que las leyendas no nacen de fantasmas que recorren callejones oscuros ni de aparecidos que vagan entre neblinas. Algunas surgen de los actos de valor de hombres y mujeres de carne y hueso, cuyas decisiones terminan convirtiéndose en relatos que sobreviven al paso de los años.
En el corazón de la Huasteca Potosina, entre montañas cubiertas por la niebla y senderos donde las flores perfuman el aire durante los meses de mayo, ocurrió una historia que aún es recordada por quienes aman las viejas tradiciones de Xilitla. Una historia donde un caballo, un caudillo temido y una mujer extraordinaria estuvieron a punto de cambiar el destino de todo un pueblo.
Cuando un caballo destacaba entre todos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corría el año de 1913, cuando la Revolución Mexicana mantenía a numerosas poblaciones sumidas en la incertidumbre. Los caminos estaban llenos de grupos armados que cambiaban de bandera según soplaran los vientos de la guerra, y los pueblos pequeños vivían pendientes de las noticias que llegaban desde las regiones vecinas.
Aquella mañana de mayo, fresca y perfumada, el caballerango Marcelino preparaba con esmero uno de los caballos más admirados de la región. Era un magnífico ejemplar de sobrepaso, elegante y brioso, conocido por todos como el caballo chiclán.
El animal tenía una peculiaridad que le había ganado aquel apodo: poseía un solo testículo. Sin embargo, lejos de disminuir su fuerza o presencia, aquella característica parecía hacerlo aún más famoso entre quienes conocían de caballos.
Su dueño era el joven Ignacio Zorrilla Almaraz, muchacho de buena presencia y espíritu decidido, aunque no siempre prudente.
La llegada del temible Nicolás Zarazúa
La tranquilidad de Xilitla se vio interrumpida cuando comenzó a circular una noticia alarmante.
La tropa del temido Nicolás Zarazúa avanzaba hacia la población.
Los habitantes sabían perfectamente que resistirse era imposible. No contaban con armas suficientes ni con hombres preparados para enfrentar a una fuerza armada. Después de reunirse durante la noche, acordaron recibir a los revolucionarios pacíficamente para evitar un derramamiento de sangre.
Entre quienes acudieron a recibir al contingente iba Ignacio montando su famoso caballo.
Apenas lo vio, Zarazúa quedó impresionado.
—¡Qué buen caballo trae, joven! —exclamó.
Ignacio respondió con la cortesía propia de la época:
—¡A sus órdenes, señor!
Aquellas palabras, pronunciadas por simple educación, fueron interpretadas por Zarazúa como una promesa de regalo.
Y allí comenzó el problema.
El caballo que puso en peligro a Xilitla
Cuando el grupo llegó al pueblo, Ignacio comprendió el malentendido.
Temiendo perder a su caballo, decidió esconderlo en una de las profundas hondonadas que rodeaban Xilitla.
Pasaron las horas y llegó el momento en que Zarazúa se preparaba para abandonar la población. Entonces exigió que le entregaran el caballo.
Al descubrir que ni el animal ni su dueño aparecían, montó en cólera.
Amenazó con incendiar todo el pueblo si el caballo no era entregado de inmediato.
Los intentos por ofrecerle otros ejemplares resultaron inútiles. Cuanto más insistían los habitantes, más aumentaba su furia.
En estado de embriaguez ordenó incluso saquear el establecimiento conocido como «La Favorita». Mientras tanto, sus hombres comenzaban a repartir latas de petróleo por las calles.
El peligro era real.
Las familias empezaron a sacar sus pertenencias de las casas y la desesperación se apoderó de la población.
La valentía de Doña Chuchita Almaraz
En aquellas horas angustiosas surgió la figura de una mujer cuya memoria continúa siendo respetada hasta nuestros días.
La señorita María de Jesús Almaraz, conocida cariñosamente como Doña Chuchita.
Era una mujer profundamente religiosa y caritativa. Alimentaba a los necesitados, ayudaba a los enfermos y daba empleo a numerosas familias mediante una fábrica de jabón, una panadería y talleres de talabartería.
Pero aquella mañana demostró poseer algo aún más valioso: un coraje extraordinario.
Tomó una gran copa de cristal llena de joyas y una bolsa repleta de monedas de oro. Sin escuchar los ruegos de amigos y familiares que intentaban detenerla, caminó directamente hacia donde se encontraba Nicolás Zarazúa.
Cuando le preguntaron cómo pensaba enfrentar a un hombre tan peligroso, respondió serenamente:
—No voy sola. Cristo y María van conmigo.
El rescate de un pueblo
Quienes presenciaron aquel encuentro afirmaban que Doña Chuchita caminaba con tal dignidad que parecía una reina acudiendo a reprender a un súbdito.
Frente al revolucionario ofreció todas sus joyas y monedas como rescate para salvar a Xilitla.
Por un momento reinó el silencio.
Zarazúa observó a aquella mujer valiente y comprendió que tenía delante a una persona excepcional.
Tomó la copa y la bolsa.
Después ordenó que el petróleo fuera vaciado en la fuente de la plaza.
Xilitla se había salvado.
Las casas permanecieron en pie. Las calles no fueron consumidas por las llamas. Los habitantes recuperaron poco a poco la calma.
A veces una sola persona puede convertirse en el muro que separa la tragedia de la esperanza.
El destino final del caballo chiclán
Al día siguiente apareció Marcelino llevando finalmente al famoso caballo.
Zarazúa lo recibió con una sonrisa y un sencillo agradecimiento.
Las joyas y las monedas jamás fueron devueltas.
Pasaron más de veinte años antes de que el caballo regresara a Xilitla. Don Vicente Zorrilla Almaraz logró recuperarlo pagando veinticinco pesos.
Sin embargo, ya no era el magnífico ejemplar de otros tiempos. Había envejecido hasta convertirse en un jamelgo flaco y cansado.
La tradición asegura que murió precisamente en la misma hondonada donde había sido escondido cuando su valor parecía equivalente al de todas las casas del pueblo.
Doña Chuchita Almaraz falleció el 7 de enero de 1918, a los cincuenta años de edad, dejando tras de sí una historia que el tiempo se negó a borrar.
El eco de los viejos habitantes
Todavía hoy, cuando los mayores evocan las historias de la Revolución en Xilitla, recuerdan aquel episodio singular.
No hablan únicamente de un caballo.
Hablan de una mujer que estuvo dispuesta a entregar toda su fortuna para salvar a sus vecinos.
Porque los caballos envejecen, las monedas desaparecen y las joyas terminan perdiéndose, pero los actos de nobleza suelen encontrar refugio eterno en la memoria de los pueblos.
Decían los viejos que el verdadero valor no siempre se demuestra empuñando armas. A veces consiste en caminar hacia el peligro con la frente en alto para proteger a los demás. El coraje más grande suele ser el que nace del amor por la propia gente.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Homero Adame.
