
Mis queridas almas lectoras, pocas criaturas han despertado tanto temor y curiosidad en los pueblos mexicanos como los nahuales. De ellos se habla en voz baja cuando la luna se encuentra alta y los perros ladran sin motivo aparente. Algunos aseguran que son brujos; otros, antiguos guardianes de secretos que el tiempo jamás logró sepultar.
En las tierras de Juchitán de Zaragoza, allá donde el viento del Istmo parece llevar consigo palabras antiguas, sobrevive una historia que habla de una época en que hombres y animales compartían un mismo lenguaje y un mismo destino.
Y como suele suceder con las historias verdaderamente viejas…
El tiempo en que hombres y animales eran hermanos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo una época tan antigua que ni los calendarios saben contarla. Entonces, los hombres caminaban junto a los animales sin miedo ni codicia. Las aves enseñaban los caminos del cielo, los venados conocían los secretos de los bosques y las serpientes compartían el misterio de la tierra.
Dicen que los dioses concedieron a los seres humanos el don de comprender a las criaturas del mundo, pues todos formaban parte de una sola familia.
Aquellos días eran de abundancia y equilibrio.
Pero como decía mi abuelo, «cuando el hombre olvida agradecer, pronto aprende a destruir».
La ruptura del antiguo pacto
Con el paso de los años, la ambición fue creciendo en el corazón de los hombres.
Comenzaron a cazar sin necesidad, a quitar la vida por simple gusto y a convertir pieles y colmillos en adornos de orgullo.
Los animales, heridos en cuerpo y espíritu, fueron alejándose poco a poco.
No huyeron de los montes.
Huyeron del alma humana.
Y cuando el último lazo se rompió, el antiguo conocimiento desapareció para casi todos.
Casi.
El nacimiento de los nahuales
Cuentan que algunos hombres se negaron a perder aquel vínculo sagrado.
Buscaron los conocimientos antiguos, aprendieron palabras olvidadas y descubrieron libros capaces de despertar la esencia animal que habitaba dentro de ellos desde el nacimiento.
No cualquiera podía lograr semejante transformación.
Era necesario ser un brujo anciano, conocer los secretos de la medianoche y aceptar el destino que los dioses habían señalado desde el primer aliento.
Porque el animal que acompaña a un nahual no se elige.
Nace con él.
Y permanece a su lado hasta el último de sus días.
Las noches de Juchitán
Cuando el pueblo duerme y las ventanas permanecen abiertas, algunos dicen que ciertas sombras recorren las calles.
No siempre tienen forma humana.
Un perro demasiado grande.
Un coyote silencioso.
Un búho que observa desde el tejado.
Un jaguar cuyos ojos parecen brasas.
Muchos creen que los nahuales buscan alimentarse de una energía limpia y pura.
Y por ello, las familias antiguas tenían la costumbre de proteger a los recién nacidos cerrando puertas y ventanas al caer la noche.
Si un pequeño enfermaba sin razón aparente, los viejos sospechaban que alguna criatura de la oscuridad había pasado demasiado cerca.
Tal vez fuera verdad.
Tal vez fuera sólo el miedo heredado de muchas generaciones.
Pero pocas madres se atrevían a desafiar aquella costumbre.
Los secretos para romper el encantamiento
Toda criatura tiene una debilidad.
Eso afirman los pueblos.
Si alguien descubría a un nahual en plena transformación, podía lanzarle una piedra impregnada con orina para romper el hechizo.
Otros aseguraban que la verdadera esencia del nahual habitaba en su sombra.
Y si un valiente lograba colocar un alfiler sobre ella cuando el brujo estaba en forma humana, quedaría inmóvil, incapaz de escapar.
Nadie sabe cuántas veces tales remedios funcionaron.
Quizá pocas.
Quizá demasiadas.
Porque las personas prudentes preferían cerrar bien sus puertas antes que poner a prueba aquellas historias.
El misterio que sigue caminando
En Juchitán todavía existen familias que aseguran haber visto animales comportarse de manera imposible.
Hay quien dice haber encontrado huellas que comienzan siendo de hombre y terminan siendo de bestia.
Otros cuentan que un desconocido puede desaparecer detrás de un árbol y salir convertido en un coyote.
Nadie puede demostrarlo.
Nadie puede negarlo.
Y quizá sea mejor así.
Porque existen secretos que sólo continúan vivos mientras alguien conserve el valor de contarlos.
Los viejos decían que el hombre siempre quiso dominar a la naturaleza, pero olvidó que antes fue su compañero. Cuando uno rompe un pacto antiguo, nunca sabe qué parte del bosque seguirá esperando el momento de cobrar la deuda.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la tradición oral recopilada en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, publicada en el blog de Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, s. f.
