
Mis queridas almas lectoras, hay historias que nacieron mucho antes que las campanas de las iglesias, mucho antes que las calles empedradas y aun antes de que los viejos cronistas afilaran sus plumas para dejar memoria de los hombres. Son relatos que llegaron hasta nosotros envueltos en humo de copal, en el murmullo de los lagos y en el vuelo de las aves que cruzaban el inmenso Valle de México cuando el mundo todavía parecía joven.
Los ancianos de muchos pueblos aseguraban que ciertas ciudades no fueron construidas únicamente por manos humanas. Decían que algunas fueron escogidas por los dioses, marcadas por señales que ningún mortal podía ignorar y defendidas por fuerzas que el tiempo jamás lograría borrar.
Y entre todas esas historias, ninguna posee un resplandor tan antiguo y solemne como la de la fundación de Tenochtitlan.
El pueblo errante y el juramento de Tenoch
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando el pueblo mexica vagaba de un sitio a otro, perseguido por enemigos y condenado a abandonar las tierras donde apenas comenzaba a echar raíces, su única riqueza era la fe en el gran Huitzilopochtli.
No poseían grandes palacios ni vastos sembradíos. Su fortuna era el arco, la lanza y la palabra de sus sacerdotes.
Al frente de aquella nación caminaba Tenoch, hombre de mirada severa y corazón firme, cuya voz era escuchada como si el propio dios de la guerra hablara por sus labios.
Mas aquellos tiempos no eran de paz.
El rey de Colhuacán había ofendido a los mexicas y, según contaban los sacerdotes, también había desafiado a sus dioses. La afrenta no podía quedar sin castigo y la venganza cayó sobre la casa del monarca con una crueldad que todavía hoy provoca escalofríos a quienes conocen el antiguo relato.
La hija del rey fue ofrecida en sacrificio y su destino quedó ligado para siempre al de los hijos del Sol.
Los viejos cronistas afirmaban que el corazón de la princesa fue enterrado con solemnidad cerca de las aguas, mientras los guerreros escapaban de la persecución de los colhuas.
Aquella sangre derramada no fue considerada un final.
Fue un juramento.
Porque los sacerdotes aseguraban que cada sacrificio fortalecía el destino del pueblo elegido.
Una nación forjada entre la sangre y el exilio
El camino de los mexicas no fue sencillo.
Perseguidos por los pueblos vecinos, tuvieron que abandonar una tierra tras otra. Sus enemigos esperaban verlos desaparecer entre los pantanos y las lagunas, consumidos por el hambre y las enfermedades.
Pero sucede que los pueblos acostumbrados al sufrimiento suelen aprender secretos que otros jamás descubren.
Los mexicas comenzaron a navegar por los lagos.
Construyeron grandes balsas y sobre ellas fueron acumulando tierra, ramas y lodo hasta formar pequeños jardines flotantes.
El viento llevó semillas.
Las lluvias hicieron su parte.
Y donde antes sólo había agua comenzaron a crecer maíz, flores y plantas útiles para la vida.
Las primeras chinampas aparecieron como pequeños milagros flotando sobre la laguna.
Los colibríes revoloteaban entre las flores.
Las mariposas seguían aquellos jardines errantes.
Los patos se ocultaban entre los juncos.
Y el pueblo que parecía condenado descubrió que el mismo lago podía convertirse en su refugio.
No obstante, aquellos hombres no olvidaban que eran viajeros.
Aquellas tierras aún no eran el hogar prometido.
El consejo del guerrero Ocelopan
Una tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas y el humo del gran Popocatépetl pintaba el horizonte de tonos rojizos, un guerrero llamado Ocelopan se acercó a Tenoch.
El sacerdote permanecía sentado sobre una roca, contemplando el inmenso valle.
El silencio era profundo.
Sólo se escuchaba el canto de las aves y el suave golpeteo del agua contra las pequeñas islas.
Ocelopan habló con respeto.
—Señor, llevamos años recorriendo estos lagos.
Hemos levantado jardines sobre el agua.
Las chinampas florecen.
Nuestros hijos han aprendido a pescar.
Nuestros ancianos descansan en estas islas.
¿Por qué no establecer aquí nuestra ciudad?
Tenoch permaneció en silencio.
Sus ojos estaban fijos en el horizonte.
Finalmente respondió con voz pausada.
—Calma tus ansias, guerrero.
Nuestros abuelos atravesaron montañas y desiertos guiados por la voluntad del gran Huitzilopochtli.
No hemos llegado todavía al sitio señalado.
Aún debemos encontrar el hogar del águila de las anchas alas.
Aún debemos contemplar el tunal sagrado.
Aún falta que los dioses hablen.
Y cuentan los antiguos que, después de aquellas palabras, Tenoch cruzó los brazos y quedó inmóvil mirando hacia el Oriente, como quien escucha voces que ningún otro hombre podía entender.
La noche del presagio
Poco a poco la oscuridad cubrió el valle.
Los bosques desaparecieron bajo las sombras.
Las montañas se volvieron gigantes negros.
Las aguas del lago reflejaron las primeras estrellas.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
La luna comenzó a levantarse.
No era una luna común.
Los ancianos decían que aquella noche parecía estar cubierta de sangre.
Su resplandor rojo iluminó las lagunas y convirtió el valle entero en un inmenso espejo encendido.
De pronto, Tenoch se puso de pie.
Su rostro parecía transfigurado.
Extendió el brazo hacia la inmensa claridad y llamó a Ocelopan.
—¡Mira!
El guerrero levantó la vista.
Las aguas brillaban como si hubieran sido teñidas de rojo.
Las sombras de los volcanes se proyectaban gigantescas sobre el lago.
Y Tenoch habló con la certeza de quien contempla el porvenir.
—¿Ves cómo la reina de la noche baña estas aguas con sangre?
Aquí surgirá una ciudad poderosa.
Aquí se levantará el pueblo mexica.
Aquí nacerá una nación destinada a vencer.
Pero todavía debemos esperar la señal definitiva de los dioses.
Y dicen que aquella noche, mientras el lago permanecía en silencio y la luna teñía el valle de rojo, el destino de México comenzó a escribirse.
La búsqueda del signo divino
Desde aquella noche en que la luna pareció teñir de sangre las aguas del gran lago, la esperanza volvió a caminar junto al pueblo mexica.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que el hambre seguía visitando los campamentos, que los fríos del amanecer mordían los huesos y que las chozas de tule apenas protegían a las familias de los vientos del valle. Sin embargo, había cambiado el ánimo de aquellos hombres y mujeres, porque Tenoch había hablado.
Y cuando un caudillo habla con la certeza de quien escucha a los dioses, hasta el cansancio parece menos pesado.
Los pescadores continuaron tendiendo sus redes sobre las aguas.
Los cazadores siguieron internándose entre los carrizales.
Las mujeres cultivaban las primeras chinampas mientras los niños perseguían mariposas y colibríes entre las flores.
Pero los sacerdotes y los guerreros más valientes emprendían una tarea diferente.
En ligeras embarcaciones recorrían el lago de un extremo al otro.
Visitaban islotes abandonados.
Exploraban cañaverales.
Navegaban junto a las márgenes desiertas.
Subían a las peñas.
Preguntaban al viento y a las aves.
Y siempre regresaban sin encontrar el prodigio prometido.
El recuerdo del traidor Copil
El tiempo pasaba y algunos comenzaron a dudar.
Había quienes pensaban que el pueblo estaba destinado a vagar eternamente.
Otros murmuraban que quizá habían entendido mal la voluntad del gran Huitzilopochtli.
Mas una mañana, Tenoch reunió a sus principales capitanes.
Su voz fue tranquila.
—El gran dios me anuncia que busquéis el sitio donde fue arrojado el corazón del traidor Copil.
Al escuchar aquel nombre, los más ancianos inclinaron la cabeza.
Copil era recordado como el hombre que había vuelto la espalda a los suyos y había tratado de entregar al pueblo mexica a sus enemigos.
Su castigo había sido terrible.
Los sacerdotes habían arrancado su corazón y éste fue lanzado hacia las islas cubiertas de sauces blancos.
Tenoch continuó hablando.
—Si encontráis islas habitadas únicamente por mariposas y colibríes, dejadlas atrás.
Pero si descubrís el nido del águila que cruza el cielo frente al Sol, entonces entonaréis el canto de la victoria.
Aquellas palabras fueron recibidas con profundo respeto.
Porque los antiguos creían que los dioses escribían su voluntad sobre la tierra y el cielo, y que sólo los hombres pacientes eran capaces de leerla.
Los tres enviados del destino
Para aquella misión fueron elegidos tres hombres de gran valor.
Xomimitl, Atexcatl y Axolohua.
Los tres abordaron sus pequeñas embarcaciones al despuntar el alba.
El lago parecía una inmensa lámina de cristal.
Las montañas vigilaban el horizonte.
Las aves cruzaban el cielo en silencio.
Durante horas navegaron siguiendo el camino del Sol.
Pasaron junto a islotes cubiertos de carrizos.
Atravesaron jardines flotantes.
Escucharon el canto de las garzas.
Hasta que a lo lejos distinguieron una extraña mancha rojiza.
Se acercaron.
Desembarcaron.
Y comenzaron a caminar entre los altos juncos.
De pronto, el paisaje cambió.
Ante sus ojos apareció una roca.
Sobre ella crecía un enorme tunal de intenso color verde.
Los tres se detuvieron.
Ninguno se atrevía a hablar.
Porque sobre aquella piedra se levantaba un magnífico nido adornado con plumas blancas, rojas, doradas y brillantes como si hubieran sido tejidas con la misma luz del amanecer.
Los dos manantiales
Aún no terminaban de maravillarse cuando descubrieron otro prodigio.
A los pies del tunal brotaban dos pequeños arroyos.
Uno corría limpio y azul como el cielo.
El otro descendía rojo y espumoso, semejando sangre recién derramada.
Axolohua sintió que aquella era una fuente sagrada.
Corrió hacia ella.
Quiso beber de sus aguas.
Pero apenas se inclinó sobre el manantial desapareció en sus profundidades.
Los otros dos guerreros retrocedieron llenos de espanto.
Jamás volvieron a ver a su compañero.
Los viejos contaban que los dioses suelen reclamar para sí a quienes se acercan demasiado a sus secretos.
Y también decían que hay lugares donde los hombres sólo pueden mirar, jamás tocar.
El águila del gran presagio
El silencio volvió a cubrir la isla.
Entonces el cielo se oscureció por un instante.
Una enorme sombra descendió desde las alturas.
Era un águila gigantesca.
Sus alas parecían incendiarse bajo los rayos del Sol.
Se posó majestuosamente sobre el tunal.
Inclinó la cabeza.
Movió las poderosas garras.
Y de entre las plantas extrajo una larga serpiente verde que se retorcía furiosamente.
Una garra sujetaba el tunal.
La otra dominaba al reptil.
Con lentos movimientos, solemnes y tranquilos, el águila comenzó a devorar a la serpiente.
Atexcatl y Xomimitl permanecieron inmóviles.
Ante sus ojos se reunían todas las señales anunciadas por Tenoch.
El tunal nacido de la roca.
Los sauces blancos.
Los manantiales del agua y de la sangre.
El águila soberana.
La serpiente vencida.
Y el recuerdo del corazón del traidor que había caído en aquellas tierras.
No tuvieron duda alguna.
Aquella era la voluntad del gran Huitzilopochtli.
Aquella era la tierra prometida.
El nacimiento de la Gran Tenochtitlan
Los dos mensajeros regresaron tan rápido como sus fuerzas lo permitieron.
Al llegar al campamento buscaron a Tenoch.
Sin necesidad de escuchar una sola palabra, el viejo sacerdote comprendió la noticia.
Dicen que sonrió.
Y cuentan que elevó los ojos al cielo dando gracias al dios que había guiado a su pueblo durante tantos siglos.
Poco tiempo después, las familias comenzaron a trasladarse hacia la isla sagrada.
Se levantaron las primeras chozas.
Se construyeron los primeros puentes.
Las chinampas crecieron.
Los canales se multiplicaron.
Los templos comenzaron a elevarse.
Y donde antes sólo había agua, juncos y el canto de las aves, nació una ciudad destinada a convertirse en una de las maravillas del mundo antiguo.
Los ancianos aseguraban que el águila jamás abandonó aquel lugar.
Que siguió vigilando desde el cielo a los hijos del Anáhuac.
Y que mientras alguien recuerde esta antigua historia, el espíritu de aquella primera Tenochtitlan seguirá vivo sobre las aguas del tiempo.
Decían los viejos que un pueblo que olvida de dónde viene acaba perdiendo el camino hacia donde va. El águila y la serpiente no sólo hablan de una ciudad, sino del deber de levantarse aun cuando el mundo entero parezca empujarnos hacia el agua. Porque hasta la roca más pequeña puede sostener un imperio cuando la sostienen la fe y la voluntad.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Heriberto Frías, Leyendas Históricas Mexicanas, 1899.
