
Hay ciudades donde las leyendas caminan entre las calles empedradas.
Hay otras donde se esconden entre los muros de una vieja cantina.
Y luego está Tampico, donde la muerte y la vida se miran frente a frente… separadas apenas por una calle.
Quien haya pasado alguna vez por la Avenida Hidalgo, habrá notado un curioso detalle: de un lado se levanta el histórico restaurante El Porvenir, y justo enfrente, al otro lado de la calle, descansa silencioso el Panteón Municipal.
Entre ambos lugares —uno lleno de risas, cerveza y jaibas rellenas— y el otro cargado de cruces y silencios— nació una de las anécdotas más ingeniosas del puerto.
Una historia que no habla de espantos…
pero sí de ese humor negro tan mexicano que sabe reír incluso frente a la muerte.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corrían los años de la década de 1940, cuando el puerto de Tampico vivía días de bullicio petrolero, comerciantes extranjeros, marineros de paso y noches de cantina donde las historias fluían tanto como la cerveza.
En aquella época ya existía un establecimiento famoso entre los hombres del puerto: El Porvenir, fundado por el español Don Jesús García, quien había llegado a México años antes y terminó estableciéndose en Tampico, convirtiendo su negocio en una reconocida cantina del lugar.
La ubicación del sitio era peculiar.
Justo frente al panteón municipal. De modo que mientras en un lado se servían mariscos, cerveza y conversaciones interminables…
en el otro desfilaban cortejos fúnebres, rezos y silencios.
Y fue precisamente un día lluvioso de 1948 cuando ocurrió el episodio que daría origen a la famosa frase.
Aquella tarde, un cliente frecuente y amigo del dueño, Don Gumersindo Benigno Meléndez, se encontraba junto a Don Jesús en la entrada del establecimiento.
Ambos observaban cómo un cortejo fúnebre avanzaba lentamente por la avenida rumbo al cementerio.
Las carrozas pasaron.
Los dolientes caminaron cabizbajos.
El silencio se hizo pesado como una nube antes de la tormenta.
Entonces Don Gumersindo miró primero al panteón…
y luego al interior del restaurante, donde ya chisporroteaban los platos y sonaban los vasos.
Con una media sonrisa dijo:
—“Oiga Don Chucho… ¿no le parece que aquí se está mejor que enfrente?”
La frase provocó carcajadas.
Pero al dueño le pareció tan brillante que días después mandó pintarla en la fachada del local.
Desde entonces, el letrero se convirtió en símbolo del restaurante y en una curiosidad que todo visitante del puerto busca fotografiar.
La respuesta del panteón
Pero el ingenio tampiqueño no suele quedarse callado.
Con el tiempo, la historia tomó otro giro.
Cuenta la tradición que, después de algún tiempo, alguien respondió desde el otro lado de la calle.
Algunos dicen que fueron sepultureros del panteón.
Otros aseguran que simples bromistas del barrio.
Lo cierto es que una mañana apareció pintada en la barda del cementerio una frase que parecía contestar directamente al bar.
Decía: “Y aquí están los que estuvieron enfrente.”
Aquella respuesta cerró el círculo del humor.
Porque, aunque en El Porvenir la vida transcurre entre risas, platos de mariscos y conversaciones interminables…
todos saben que, tarde o temprano, todos terminamos cruzando la calle.
El Porvenir: más de un siglo de historia
Con los años, el lugar dejó de ser solo una cantina.
Se transformó en un restaurante legendario del puerto, con más de un siglo de historia y reconocido por su cocina basada en productos del Golfo de México.
Entre sus platillos más famosos se encuentra la célebre Jaiba a la Frank, una receta nacida —según cuentan— por la petición especial de un cliente extranjero llamado Frank, que pidió preparar la jaiba de una manera particular.
El resultado fue tan bueno que el platillo terminó convirtiéndose en patrimonio gastronómico de Tampico.
Durante décadas el sitio mantuvo también la tradición de muchas cantinas antiguas: solo se permitía la entrada a caballeros.
Hoy, en cambio, es un restaurante familiar que conserva su barra original, sus muros llenos de historia… y esa frase que sigue arrancando sonrisas a quien la lee.
Decía mi abuelo —que en paz descanse y que en vida nunca rechazó una buena cantina— que la sabiduría popular suele decir más verdades que muchos libros.
Porque en esa frase tampiqueña se encierra una filosofía muy mexicana:
Mientras haya amigos, comida y conversación…
siempre será mejor estar de este lado de la calle.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla. Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.

Si esta historia despertó su curiosidad, puede visitar el sitio exacto donde esta leyenda cobra vida en nuestro Mapa Garbancero, un recorrido por los lugares donde las historias de México siguen vivas y arraigadas.
