
Hay calles que guardan memoria. No memoria escrita en libros, sino esa que se impregna en los muros, en las piedras, en el aire mismo. Calles donde el pasado no se resigna a quedarse quieto y decide volver… aunque sea convertido en lamento.
En Chihuahua, cuando la luna llena se cuela entre los tejados antiguos y el reloj marca la medianoche, hay quienes apresuran el paso al cruzar la Calle Trece. No por prisa, sino por respeto. Porque saben —o creen saber— que ahí no caminan solos.
Cuenta la leyenda…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corría la década de los setenta y el calor del verano parecía no dar tregua aquella noche. El aire estaba quieto, pesado, como si la ciudad entera contuviera la respiración. Fue entonces cuando un grito, seco y desgarrador, partió el silencio en las calles Trece y De la Llave.
Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo. Vecinos en camisón, hombres en camiseta, niños asomados detrás de las faldas de sus madres. Nadie entendía qué ocurría… hasta que la vieron.
Una figura femenina, vestida completamente de blanco, flotaba sobre el empedrado. No caminaba. Se deslizaba. Su silueta era traslúcida, como hecha de luna y neblina, y avanzaba con rumbo firme hacia una antigua casa, propiedad de la familia Trasviña. Sin tocar la puerta, sin forzar cerradura alguna, la mujer atravesó el umbral como si el muro no existiera.
Muchos aseguran que esa misma aparición fue vista en varias ocasiones más, siempre de madrugada, siempre en silencio… salvo por un llanto suave, persistente, que erizaba la piel.
La guardiana del tesoro
No tardaron en surgir rumores. Se decía que la Novia de Blanco no solo era un alma en pena, sino también la guardiana de un tesoro oculto. Un botín que, años atrás, fue encontrado accidentalmente por albañiles mientras reparaban un inmueble perteneciente a Oviedo Baca. El hallazgo habría perturbado algo que llevaba décadas —o siglos— cuidándose desde el más allá.
Y cuando el dinero se mueve, dicen los viejos, los muertos despiertan.
El encuentro reciente
Pero no todo pertenece al pasado. No hace mucho, un vecino que regresaba de trabajar entrada la noche asegura haber escuchado sollozos cerca de un poste, en una calle privada cercana a la Calle Trece. Sobre una piedra, bajo la luz mortecina del alumbrado, estaba sentada una joven extremadamente delgada, con la cabeza hundida en el regazo y las manos cubriéndole el rostro.
Movido por la compasión —y por la ignorancia del peligro— se acercó y le preguntó si necesitaba ayuda. Fue entonces cuando la mujer levantó lentamente el rostro.
Donde debió haber ojos vivos, había cuencas hundidas. La piel, tensa y cenicienta, parecía pegada al hueso. Un rostro más cercano al de un cadáver que al de una persona viva.
El hombre huyó presa del pánico, gritando y tropezando, golpeando puertas que se cerraban una tras otra. Nadie quiso abrirle. Nadie quiso escucharle. Porque a esas horas, en Chihuahua, es mejor no saber.
El origen del lamento
Cuentan que la Novia Fantasma fue, en vida, una joven que habitó alguna de las cuatro casas que forman cruz entre las calles Trece y De la Llave. Fue prometida por sus padres a un militar, a quien amaba profundamente. Para su boda, viajó a El Paso, Texas, donde adquirió un vestido espléndido: crinolinas amplias, velos vaporosos, telas finas dignas de una ilusión grande.
Pero la muerte se interpuso. El militar murió antes del enlace, quizá en combate, quizá en un pleito sin gloria. La noticia quebró la razón de la muchacha.
El día de la boda, en lugar de festejo, hubo silencio. Ella se vistió de novia… y salió a vagar.
Con el tiempo, el vestido se desgarró, se ensució, se volvió harapo. El cuerpo se consumió. El rostro se volvió hueso. Una tarde fría y lluviosa de otoño fue vista por última vez, sentada en una piedra, llorando. Murió de hambre y de frío.
Pero no se fue.
Desde entonces, su espíritu recorre las calles donde soñó ser feliz, llorando un amor que la muerte no quiso devolverle.
Hay penas tan hondas que ni la tumba las aquieta. El amor, cuando se trunca de golpe, deja almas suspendidas entre lo que fue y lo que nunca será.
Y créame usted: no hay cadena más pesada que una promesa rota por la muerte.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra periodística publicada en El Heraldo de Chihuahua,
“La Novia Fantasma: el espectro de la calle Trece”, publicación: 2021.
