
Antes de que sonaran campanas. Antes de cruces, veladoras y responsos.
Cuando la muerte aún no se vestía de blanco ni de negro, los antiguos ya sabían algo que hoy muchos han olvidado: morir no era el final del deber, apenas el inicio del tránsito.
Porque el muerto —decían— no se va solo, y si se le empuja sin rumbo, regresa como peso, como sombra o como desorden.
El relato
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los tiempos antiguos, cuando alguien exhalaba su último aliento, no se corría primero a llorar, sino a ordenar el tránsito del alma.
No por frialdad. Por respeto.
Porque el alma ya estaba de camino, y un alma mal acompañada se pierde.
El cuerpo no era estorbo. Era la última ancla del espíritu.
Por eso se colocaba con cuidado, se preparaba según su destino y se le marcaba el rumbo con palabras, ofrendas y silencios precisos.
No se despedía igual a un guerrero que a una mujer muerta en parto. No se trataba igual al niño que al anciano.
Cada muerte tenía su camino. Y cada camino, sus peligros.
De los destinos bien marcados
Decían los viejos que el guerrero caído no lloraba su cuerpo, porque ya marchaba con el Sol. A esos no se les enterraba como a cualquiera. Su despedida era distinta, pues su alma ya había sido llamada.
Enterrarlo como muerto común era un error grave: atar a quien ya había partido.
Lo mismo ocurría con los ofrecidos en sacrificio. No eran abandonados. Habían cumplido. Su destino era inmediato y su cuerpo no requería tierra común.
Cubrirlos como a cualquier difunto era romper el orden del mundo.
Del muerto que sí necesitaba tierra
Pero el que moría sin señal del cielo, sin guerra y sin ofrecimiento sagrado, ese sí requería rito completo.
Porque su alma debía emprender un camino largo y cansado:
ríos que muerden,
vientos que cortan,
cerros que se cierran,
lugares donde el miedo camina delante.
Solo quien había sido enterrado correctamente podía avanzar.
El que no…
se quedaba a medias.
Donde comienza el desorden
Ahí empezaban los problemas. Si el muerto no recibió rito, si murió solo, si fue abandonado o despedido a la ligera, entonces el alma no avanzaba, pero tampoco regresaba del todo.
No se aparecía con cadenas.
No gritaba ni pedía rezos.
Quedaba como peso invisible.
Los mayores decían que en esos lugares la gente enfermaba sin causa, los niños lloraban por las noches, los animales se inquietaban y el sueño se volvía espeso.
No era que el muerto quisiera molestar. Era que no estaba acomodado en el orden del mundo.
Como una piedra mal puesta en el camino: nadie la ve, pero todos tropiezan.
Del nahual del desorden
Y aquí, a su mercé, entra lo que los antiguos temían de verdad. Cuando los destinos se confundían —cuando se enterraba al que no debía o se dejaba sin rito al que lo necesitaba— el desorden tomaba forma.
No siempre como fantasma. A veces como nahual errante, sombra torcida, presencia que no pertenece ni al mundo de los vivos ni al de los muertos.
No era demonio ni castigo divino. Era el error caminando.
Por eso los ancianos advertían:
—No juegues con la muerte.
—No entierres a la ligera.
—No dejes a un alma sin rumbo.
—No amarres al que ya fue llamado.
Porque el problema no era el muerto…
sino el descuido de los vivos.
Yo no lo digo por asustar.
Lo digo porque así se dijo siempre.
Cuando el aire pesa más de la cuenta,
no pregunte quién se aparece.
Pregunte a quién no enterraron como se debía.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Fray Bernardino de Sahagún,
Historia General de las Cosas de la Nueva España (Códice Florentino)
