
Hay lugares donde el silencio no es descanso, sino vigilancia. Los hospitales, esos templos modernos del dolor humano, guardan historias que no aparecen en los expedientes clínicos. Cuando la luz se atenúa, cuando el personal cabecea por el cansancio y los pasillos huelen a desinfectante y vigilia, hay presencias que se activan.
Una de ellas es conocida desde hace generaciones como La Planchada, la enfermera visitante, el alma en pena que no supo —o no pudo— dormir a tiempo.
La historia que se cuenta en voz baja
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los hospitales de la Ciudad de México, y aún más allá, aparece por las noches una enfermera distinta a todas. No se le oyen los pasos. No se le ven los pies. Su uniforme blanco reluce como recién salido de la plancha, sin una sola arruga, como si el tiempo no se atreviera a tocarla.
Quienes la han visto dicen que no da miedo al principio. Al contrario: inspira calma. Se acerca a las camas, revisa con cuidado, administra medicamentos y se retira en silencio, como si aún llevara el peso de un turno interminable.
La enfermera del Hospital Juárez
La versión más conocida sitúa su origen en el antiguo Hospital Juárez, aquel que se encontraba en el barrio de La Merced, antes de que el sismo de 1985 lo dejara herido de muerte.
Dicen que en vida fue una enfermera ejemplar: puntual, dedicada, meticulosa hasta el exceso. Su obsesión era el uniforme: blanco inmaculado, perfectamente planchado, símbolo de orden en medio del caos hospitalario.
Pero una noche, el cansancio la venció.
Se quedó dormida en su escritorio. Minutos, tal vez horas. Cuando despertó y fue a atender a un paciente, lo encontró sin vida. La idea se le clavó como aguja oxidada: murió por mi culpa.
La culpa que enferma el alma
La depresión no tardó en llegar. La enfermera fue internada en un hospital psiquiátrico. Su mente no resistió el peso del remordimiento, y al poco tiempo falleció, sin haber podido perdonarse.
Pero hay culpas que no mueren con el cuerpo.
Desde entonces, se cuenta que su espíritu quedó atado a los hospitales, condenado a velar por los pacientes que otros olvidan, especialmente durante la noche, cuando el cansancio humano vuelve frágil al deber.
Las apariciones nocturnas
En muchas historias, el mismo patrón se repite. Un paciente despierta y recibe su medicamento. Horas después, la enfermera de turno llega apresurada, alarmada por el retraso… y el paciente le dice con naturalidad:
—Ya vino una señorita a dármelo.
Cuando la enfermera pregunta cómo era, la descripción es siempre la misma: uniforme blanco, perfectamente planchado, presencia serena. Entonces, sin necesidad de más palabras, alguien murmura:
—Fue La Planchada…
Y lo más inquietante: algunos pacientes mejoran. Otros sanan. Algunos incluso dicen haberle dado las gracias, aunque jamás vuelve a responderles.
Una condena sin maldad
A diferencia de otros aparecidos, La Planchada no castiga ni espanta. No grita ni arrastra cadenas. Su castigo es el deber eterno.
Se dice que solo aparece de noche, porque fue de noche cuando falló. Su consigna es clara: no descansar jamás, cuidar a los enfermos, suplir la negligencia ajena y la propia, una y otra vez, hasta quién sabe cuándo.
Porque hay errores que no se pagan con muerte, sino con eternidad.
Mire usted…
En mis años —que ya son de otro mundo— he aprendido que no todos los fantasmas vienen del odio. Algunos nacen del exceso de responsabilidad, del miedo a fallar, del amor mal entendido por el deber.
La Planchada no asusta: recuerda. Nos dice que incluso los más cumplidos son humanos… y que el cansancio también mata, aunque no figure en el acta.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra sw Eduardo Luna Ordaz
Publicada en la Revista de Literaturas Populares. 2006
