
Hay edificios que, al caer la noche, parecen quedarse sin alma. Sus pasillos se vacían, las luces se apagan poco a poco y el eco de los pasos solitarios se vuelve lo único que acompaña a los veladores y a los últimos trabajadores.
Pero hay construcciones que, aun cuando quedan desiertas, no están solas. Algo invisible camina por sus corredores, se asoma en los rincones o juega en los pisos olvidados. Y cuando el silencio se vuelve demasiado profundo, entonces se escuchan risas… risas que no deberían estar ahí.
Eso dicen de un edificio de oficinas sobre la avenida López Mateos, en la ciudad de Aguascalientes.
El elevador que subía solo
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en aquel edificio era común que algunos empleados se quedaran hasta tarde. Papeles por ordenar, informes por terminar, llamadas de última hora. El trabajo nunca se acababa cuando la jornada marcaba su final.
Una noche, cuando los relojes ya habían pasado la hora de la cena, una joven abordó el ascensor para retirarse. El edificio estaba casi vacío, y el silencio del lugar le daba a los pasillos un aire frío y solitario.
Mientras las puertas estaban a punto de cerrarse, un hombre que caminaba apresurado le pidió que lo esperara.
—¡Por favor! —dijo, alzando la mano.
La joven, amable, detuvo las puertas con el brazo. El hombre entró jadeando y le agradeció. Intercambiaron las buenas noches y el ascensor comenzó su descenso… o al menos eso debía hacer.
Pero en vez de bajar, el aparato empezó a subir.
Ambos se miraron con extrañeza. El ascensor no debía pasar de ese piso, pues el nivel superior estaba clausurado. Nadie trabajaba allí. Nadie debía estar allí.
El cuarto piso clausurado
El elevador se detuvo con un ligero sacudón. En el tablero, la luz marcaba el cuarto piso.
Pero las puertas no se abrieron. Permanecieron cerradas, inmóviles, como si alguien del otro lado las sostuviera.
—Debe ser una falla —murmuró el hombre.
Entonces lo escucharon.
Primero fue un golpecito suave, como si algo rebotara contra el suelo. Luego otro. Y otro más.
Pum… pum… pum…
Era el sonido inconfundible de una pelota.
Después, una risa infantil rompió el silencio del ascensor. Una risa clara, juguetona, llena de inocencia.
La joven sintió que el estómago se le encogía. El hombre se quedó inmóvil, con la mirada fija en las puertas cerradas.
No hubo tiempo para pensar nada. El elevador descendió de golpe y, al llegar a la planta baja, las puertas se abrieron como si nada hubiera ocurrido.
El relato del velador
Aún pálidos, salieron del ascensor y se encontraron con el velador, que caminaba con su linterna por el vestíbulo.
Le contaron lo sucedido.
La subida inesperada.
El cuarto piso.
La risa del niño.
El sonido de la pelota.
El hombre los escuchó sin alterarse. Ni siquiera mostró sorpresa.
—Ah, sí… —dijo con tranquilidad—. Es el niño.
Los dos empleados se miraron confundidos.
El velador suspiró, como quien repite una historia muchas veces contada.
—Hace años, cuando este edificio apenas estaba en uso, un niño vino a visitar a su padre. Traía una pelota. La estaba pateando por los pasillos… hasta que se le fue rodando hacia el cuarto piso.
El pequeño corrió tras ella.
Pero en ese tiempo, el lugar estaba en remodelación y sólo había un guardia de seguridad vigilando.
El niño, travieso como todos los de su edad, decidió esconderse para darle un susto al guardia cuando pasara.
Pero cuando salió gritando para asustarlo…
El guardia, creyendo que era un ladrón, disparó.
El velador guardó silencio un momento.
—Desde entonces, el niño se quedó ahí arriba. A veces se oyen sus pasos. A veces la pelota. Y otras… sus risas.
El eco de una infancia interrumpida
Dicen que quienes se quedan trabajando hasta muy tarde en ese edificio, especialmente cerca de la medianoche, han escuchado los rebotes de la pelota en el cuarto piso.
Otros aseguran haber visto la sombra de un niño corriendo por el pasillo, o reflejada en las puertas del ascensor.
Pero nadie se atreve a subir. Nadie quiere comprobarlo.
Porque hay risas que no suenan como alegría…
Sino como un recuerdo que no ha podido descansar.
Mis queridas almas lectoras, pocas cosas hay más tristes que el eco de una infancia interrumpida. Los niños, que deberían llenar los patios de risas y las calles de juegos, a veces quedan atrapados entre los muros del infortunio.
Dicen que los espíritus de los pequeños no guardan rencor, que sólo repiten lo que hacían en vida: jugar, correr, reír… como si el tiempo no hubiera pasado para ellos.
Y así, en ese cuarto piso clausurado, mientras los adultos se marchan a sus casas y las luces se apagan, una pelota sigue rebotando contra el suelo, esperando que alguien la atrape.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la tradición oral popular de Aguascalientes, México.
