
Mis queridas almas lectoras acerquen su silla a la mesa y permitan que la luz vacilante de la vela dibuje sombras en los muros, pues lo que esta noche he de relatar no es asunto menor. En los días antiguos de la Nueva España, cuando la ciudad aún respiraba entre callejones de piedra y rezos al alba, existían presencias que no eran ni de este mundo ni del todo ajenas a él. Algunas se ocultaban bajo formas inocentes, aguardando el descuido de los hombres de buena fe.
La vida tranquila de un joven afortunado
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en el año del Señor de 1578, vivía en la hoy llamada Calle de Moneda un joven de nombre Mauricio, muchacho de porte distinguido, cabello claro y modales refinados. Hijo único de un respetado Oidor y heredero de cuantiosa fortuna proveniente de minas de plata en tierras de Guanajuato, nada parecía faltarle en la vida.
Su corazón, sin embargo, ya tenía dueña: Leonor, joven de noble cuna y hermosura serena, con quien pronto habría de contraer matrimonio. La dicha, como suele suceder, caminaba de la mano con la despreocupación.
El encuentro que cambió su destino
Una tarde, mientras Mauricio se dirigía al encuentro de su prometida, fue interceptado por un pequeño mendigo. Era un niño de aspecto miserable, con ropas desgastadas y mirada extraña, quien extendió su mano suplicante pidiendo una moneda para comprar una rosquilla.
El joven, movido por la caridad, llevó su mano al monedero sin sospechar que aquel gesto sellaría su desgracia.
Apenas hubo elegido la moneda, el pequeño se abalanzó sobre su brazo y le propinó una mordida feroz, profunda y dolorosa. Sin mediar palabra, huyó entre las sombras de la calle como si el mismísimo demonio lo persiguiera.
Mauricio quedó atónito, herido y humillado, con la sangre corriendo por su brazo y el orgullo hecho jirones.
La herida que no pertenecía a este mundo
De regreso en su hogar, fue atendido por médicos que aplicaron los remedios conocidos de la época, mas la herida no mostró mejoría. Pasaron los días, y lejos de sanar, el brazo comenzó a ennegrecerse y a despedir un hedor insoportable.
Fue entonces que la vieja nana indígena, sabia en secretos que no figuran en los libros, se acercó al lecho del joven y le habló con voz grave: aquella mordida no era obra de un niño común, sino de un ente maligno que adoptaba tal apariencia para engañar a los incautos.
Le llamaban… el Niño Mordelón.
Decía la mujer que pocos sobrevivían a su ataque, pues la podredumbre avanzaba sin remedio, llevándose consigo la vida en cuestión de semanas.
El remedio entre dos mundos
Ante la desesperación, la nana propuso una solución nacida de saberes antiguos: acudir a un curandero que habitaba fuera de la traza española, en los márgenes donde la tierra aún guardaba secretos de otros tiempos. Mauricio, debilitado y consumido por el dolor, aceptó.
Al día siguiente, el curandero llegó en silencio, portando hierbas, ungüentos y conocimientos que parecían susurrados por la misma tierra. Aplicó emplastos sobre la herida y administró infusiones amargas, ordenando seguir el tratamiento con disciplina.
Pasaron los días… y contra todo pronóstico, la carne volvió a su color, el hedor desapareció y la vida regresó al cuerpo del joven.
El eco de una promesa amarga
Mauricio sanó, sí… y al poco tiempo cumplió su destino al casarse con Leonor. Mas el recuerdo de aquella mordida quedó grabado en su memoria como advertencia imborrable.
Desde entonces, juró no volver a dar moneda alguna a quien se le acercara con mano extendida.
Dicen que jamás volvió a confiar en la apariencia de la inocencia, pues comprendió —como pocos lo hacen— que no todo lo pequeño es débil, ni todo lo necesitado es digno de piedad.
Hay males que no entran por la fuerza, sino por la confianza mal puesta… y hay bondades que, sin prudencia, se vuelven puerta abierta para la desgracia.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra Leyendas del México Colonial.
