
Mis queridas almas lectoras dicen que hay lugares donde la naturaleza no sólo embellece el mundo, sino que también resguarda secretos que no fueron hechos para los ojos humanos. Sitios donde el agua no sólo fluye, sino que también esconde; donde el eco no sólo responde, sino que advierte. Tal es el caso de Puente de Dios, en la región de Tamasopo, donde la corriente no sólo arrastra hojas… sino destinos enteros.
Los remolinos que devoran
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en las aguas de Puente de Dios habitan remolinos traicioneros que no perdonan imprudencias. Más de un viajero, confiado en la belleza del sitio, se ha adentrado en sus aguas sin conocer su carácter, sólo para desaparecer sin dejar rastro.
Muchos cuerpos han sido recuperados… pero otros, sencillamente, jamás volvieron. Y lo que no vuelve, dicen los antiguos, no siempre se pierde… a veces sólo cambia de mundo.
Un día de campo que terminó en luto
Cuentan que, en tiempos no tan lejanos, una familia llegó a aquel paraje con la inocencia de quien busca descanso y alegría. Ignoraban las advertencias, como suele suceder cuando el hombre confía demasiado en lo que ve.
Se internaron en el agua… y uno a uno fueron tragados por los remolinos.
Sólo un joven sobrevivió.
Desde la orilla, con el alma hecha pedazos, vio cómo la corriente reclamaba a su padre, a su madre, a sus hermanos… sin poder hacer nada.
Al caer la noche, no quedaba en él más que el silencio y una tristeza tan profunda que parecía no tener fondo.
Luces que caminan entre la oscuridad
En medio de su duelo, cuando el cielo ya había cubierto todo con su manto negro, el joven fue testigo de algo que no pertenecía a este mundo.
De detrás de la cascada… surgieron figuras.
No eran hombres, ni sombras, ni ánimas como las que cuentan en los pueblos. Eran seres luminosos, de una claridad suave pero firme, como si la misma luz les hubiera dado forma.
Por un instante creyó que eran sus familiares… pero no. Aquellos seres regresaron por donde vinieron, como si atravesaran un umbral invisible.
Y entonces, el dolor se convirtió en decisión.
El pueblo bajo el agua
El muchacho, movido por la desesperación y la esperanza, se lanzó al agua decidido a seguirlos. Nadó contra la corriente, luchó contra el frío y la oscuridad, hasta que el remolino lo envolvió.
Giró… cayó… descendió.
Y entonces, abrió los ojos.
Ante él se extendía un pueblo.
Pero no un pueblo como los de la superficie. No había polvo, ni sombras densas, ni rostros marcados por el tiempo. Todo era distinto… todo brillaba.
Los habitantes eran como aquellos seres: luminosos, serenos, ajenos al peso de la carne.
Y entre ellos… estaban sus familiares.
La despedida que no quería llegar
El joven caminó entre ellos, abrazando lo imposible. Pero no todo en aquel sitio era bondad.
Un anciano, de presencia firme y voz grave, le advirtió que ese lugar no pertenecía a los vivos. Que su cuerpo no resistiría permanecer ahí.
El joven suplicó quedarse.
Tras deliberar, los seres le concedieron tres días.
Tres días para despedirse.
Tres días para recordar lo que fue.
Tres días para aceptar lo inevitable.
Y como toda gracia concedida en el mundo de lo desconocido… tenía su precio.
Treinta años en un suspiro
Al cumplirse el plazo, el joven fue acompañado de regreso. Emergiendo del agua, volvió al mundo que conocía… o al menos eso creyó.
Pero el tiempo, ese viejo traicionero, había jugado su partida.
Habían pasado treinta años.
Nadie lo recordaba. Su familia era ya sólo un eco en la memoria de otros.
Y él… seguía siendo el mismo joven que se había lanzado al agua.
Porque hay lugares, mis queridas almas, donde el tiempo no camina… se detiene.
Dicen los viejos que el agua guarda más historias que la tierra, porque lo que cae en ella no siempre regresa igual… o simplemente no regresa. Y también dicen que hay dolores tan grandes, que ni la muerte logra calmarlos, pero cuidado… porque no todo reencuentro es bendición.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Homero Adame, Mitos, relatos y leyendas del estado de San Luis Potosí, 2007.
