
San Cristóbal de las Casas es ciudad de neblinas, campanas antiguas y pasos que resuenan sobre piedra viva. Pero quien camina atento, percibe algo más: un eco hueco, un rumor que parece venir de abajo, como si la ciudad tuviera un segundo cuerpo oculto en la oscuridad.
Entre cafés, callejones y templos centenarios, los coletos han repetido por generaciones una historia que se niega a morir: la de un túnel subterráneo que cruza la ciudad como una vena dormida, un pasaje olvidado donde se mezclan fe, poder, tesoros y sombras.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que bajo el empedrado de San Cristóbal existe un túnel antiguo, construido poco después de la fundación de la ciudad por los religiosos que levantaron el Templo y Convento de Santo Domingo, la Iglesia del Carmen y el Convento de las Hermanas de la Encarnación.
Se dice que el túnel partía del Ex-Convento de Santo Domingo y serpenteaba bajo el centro histórico, pasando por la Catedral, la antigua casa del Marqués de la Tovilla —conocida por algunos como la Casa de la Sirena—, edificios civiles y templos, hasta desembocar en el conjunto arquitectónico del Carmen. Algunos hablan incluso de ramificaciones ocultas que se extendían hacia otros rumbos de la ciudad, como raíces de piedra enterradas en el tiempo.
Nadie sabe con certeza su propósito. Unos aseguran que servía para resguardar a religiosos en tiempos convulsos; otros, que permitía trasladar reliquias y riquezas sin que el pueblo interviniera en asuntos eclesiásticos.
Lo cierto es que la leyenda creció con los siglos, alimentada por susurros de tesoros escondidos durante las persecuciones de la Reforma y la Revolución: cálices de oro, joyas sacras, documentos y reliquias cuyo valor no podría medirse ni con la imaginación más ambiciosa.
Pero donde hay tesoro, suele haber guardián… y la tradición no tardó en poblar el túnel de presencias.
Muchos relatan espantos en los alrededores de los templos donde se dice pasa el túnel: sombras que cruzan muros, pasos bajo el suelo y figuras que desaparecen al doblar una esquina. Otros juran que en el Archivo Histórico Diocesano existió un mapa del túnel, aunque jamás ha sido mostrado públicamente, como si el propio documento hubiese elegido permanecer en el olvido.
El episodio de 1911: la fuga del Obispo del Diablo
Entre los relatos que avivan la leyenda, ninguno resulta tan inquietante como el ocurrido en 1911, durante el conflicto entre San Cristóbal y Tuxtla por la sede de los poderes políticos del estado.
Se cuenta que el entonces obispo Francisco Orozco y Jiménez —apodado por algunos el Obispo del Diablo— era buscado por tropas que pretendían apresarlo.
Según la tradición, pidió retirarse a sus aposentos para cambiar sus vestiduras. Los soldados accedieron… y el tiempo comenzó a alargarse como un suspiro interminable.
Dos horas después, la puerta fue forzada. Dentro no había rastro del prelado.
La explicación surgió entre murmullos: alguien afirmó haberlo visto cabalgar rumbo a Ixtapa.
Pero los más suspicaces sostienen otra versión: que el obispo conocía la entrada secreta del túnel y escapó por él hasta salir cerca del Río Amarillo, en las inmediaciones del Puente Blanco.
Desde entonces, la desaparición quedó envuelta en el misterio, como si la propia ciudad hubiese decidido proteger el secreto.
Las excavaciones de 1974 y la enfermedad inexplicable
Décadas más tarde, en 1974, la historia volvió a cobrar fuerza. Se dice que personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia realizó excavaciones en el Ex-Convento de Santo Domingo y localizó la entrada de un pozo a unos ocho metros de profundidad.
Según la tradición oral, dos exploradores descendieron y lograron recorrer un tramo del pasaje.
Cuando salieron, presentaban una extraña enfermedad que nadie supo explicar. Tras ser trasladados a la Ciudad de México, fallecieron, dejando apenas fragmentos de su relato: que el túnel existía, que el aire era pesado… y que no estaban solos.
Desde entonces, el acceso habría sido nuevamente sellado.
Misterio vivo bajo la ciudad
Hoy, el túnel subterráneo de San Cristóbal permanece entre la duda y la fe popular.
Algunos lo descartan como fantasía; otros, lo consideran un secreto que la ciudad todavía no está dispuesta a revelar.
Pero basta caminar de noche por Santo Domingo o el Carmen para sentir esa sensación inquietante de que bajo cada paso hay un eco antiguo… como si el pasado respirara desde la penumbra.
Quizá el túnel exista.
Quizá no.
Mas lo cierto es que, mientras haya quien lo recuerde, seguirá vivo en la memoria y en la sombra.
Hay ciudades que esconden tesoros en cofres y otras en libros viejos; San Cristóbal, dicen, los guarda bajo la tierra.
Y aunque nunca se encuentre el túnel, la leyenda ya cumplió su destino: recordarnos que la historia no siempre se escribe con tinta… a veces se escribe con silencio.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra «Algunas leyendas coletas y de Chiapas»
de Francisco Flores Estrada
