
En los senderos húmedos de la selva campechana, donde los árboles se entrelazan como dedos de difunto y la luna se cuela entre las hojas con una luz blanquecina, hay voces que no pertenecen a ningún hombre vivo.
Son susurros dulces, claros, casi familiares… como si un amigo nos llamara desde la vereda equivocada.
Quien no conoce el monte, quien no respeta el silencio del bosque, puede seguir ese llamado… y no volver jamás.
La voz del pájaro Xtincucú
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo un tiempo en que los caminos entre Ukún y Xmabén se recorrían bajo la luz de la luna, no por romanticismo, sino por necesidad. De día, los tábanos atacaban a las bestias con furia, y los hombres apenas podían avanzar entre el calor y la sed.
Aquella noche, el bosque parecía murmurar. Las hojas secas crujían bajo los pies, las ramas se sacudían como si algo invisible se moviera entre ellas, y la luna llena, redonda como moneda de plata, iluminaba el sendero.
El comisario del lugar, hombre de lengua maya y mirada profunda, señaló el cielo cuando el viajero preguntó por la luz eléctrica del pueblo.
—Ahí está —dijo—. La lámpara para usted.
Y señaló la luna.
Aquella respuesta bastaba para entender que en esos parajes, lo natural y lo sobrenatural convivían sin hacer distinción.
Las almas del camino
Mientras descansaban junto a un tronco viejo, un campesino habló en voz baja, como si temiera despertar a los muertos.
—Por ese camino hay almas que penan… chicleros que murieron lejos de casa, hombres que salieron y nunca volvieron.
El hombre agregó algo más inquietante:
—Cuando oyen pasos, llaman al viajero. Lo invitan a seguir otro camino para contarle su historia.
Luego advirtió:
—Si oye que lo llaman… no voltee. Siga siempre al guía.
El llamado en la aguada
Al día siguiente, cuando el grupo regresaba, el guía se detuvo para cortar tallos en una aguada seca.
El maestro que encabezaba la marcha parecía confiado, fuerte, sin temores.
Fue entonces cuando la voz surgió.
Clara.
Humana.
Casi amable.
—¡Hey… hey… por aquí!
El maestro, como hipnotizado, giró su caballo hacia el camino equivocado.
Pero el guía gritó con voz seca y firme:
—¡Profesor, sobre su derecha y a galope… nadie vire!
Los caballos se estremecieron.
Un frío recorrió las espaldas de los viajeros.
Y sin mirar atrás, siguieron adelante hasta llegar a un ranchito donde los esperaban los trabajadores.
—¿Oyeron algo? —preguntaron.
—Nada —respondió el guía.
Pero todos sabían que sí.
El misterio revelado
Al llegar al poblado de Dzibalchén, el viajero contó lo sucedido a los ancianos.
Algunos guardaron silencio.
Otros negaron conocer la historia.
Pero un viejo, con voz lenta y ojos profundos, habló:
—La voz existe… se oye en los caminos perdidos. Da órdenes, ayuda… o pierde al caminante.
Y añadió:
—Es la voz del pájaro Xtincucú. Vive oculto. Imita la voz del hombre como ningún otro animal. Es pájaro malo… porque hace que el viajero se extravíe en la selva.
El anciano suspiró.
—Yo lo vi cuando era niño… pero nunca volvió a mostrarse.
Mis queridas almas lectoras, en los montes del sureste no todo lo que habla es humano, ni todo lo que llama es amigo.
Hay criaturas que no atacan con garras ni colmillos, sino con engaños dulces, con palabras suaves, con voces conocidas.
Y eso, créanme, suele ser más peligroso. Porque el hombre puede resistir al rugido del jaguar…
pero rara vez desconfía de una voz que pronuncia su nombre.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Elsie E. Medina de Espejel
publicada em Campeche a través de sus Leyendas.
