
Xalapa… húmeda, brumosa, antigua.
Ciudad donde la neblina parece no retirarse del todo, como si supiera que bajo su manto se ocultan historias que no deben ser vistas a plena luz del día.
Aunque el nombre de La Arena Xalapa evoque palenques, circos o plazas de combate, no deja de ser curioso que la propia voz náhuatl del nombre de la ciudad contenga la palabra “arena”. Arena… polvo fino… restos de algo que fue sólido. Restos, como los recuerdos.
Y donde hoy se levanta ese recinto, hace muchos años, cuando Xalapa era todavía una ciudad pequeña y de pasos lentos, existía un patio de vecindad conocido como Cuauhtémoc.
Ahí comenzó todo.
El Patio en Forma de Herradura
El patio Cuauhtémoc tenía tres pasillos dispuestos en forma de herradura. Los cuartos eran humildes, de puertas gastadas y techos que crujían cuando la humedad se colaba. Las madres colgaban la ropa en tendederos que cruzaban el centro del patio, y por las tardes el olor a frijoles y leña encendida se mezclaba con el eco de las risas infantiles.
Pero había algo extraño.
Los ancianos de hoy, que en aquel entonces eran apenas unos críos, recuerdan un juego que ninguno de ellos sabe explicar. Un juego que no tenía premio ni castigo… salvo el miedo.
La Espera del Jinete
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que al caer la noche, cuando el cielo se volvía tinta espesa y las lámparas apenas iluminaban el empedrado, los niños salían en tropel hacia la calle.
No corrían por travesura.
No jugaban a las escondidas.
Esperaban.
Esperaban la llegada de un hombre.
Un hombre fuerte y erguido que cabalgaba un caballo ennegrecido como carbón mojado. Cada casco, al golpear la piedra, arrancaba una chispa luminosa, como si el suelo mismo protestara su paso.
El jinete vestía traje de charro esplendoroso.
Botones dorados.
Monedas brillando en la chaqueta.
Sombrero de alas anchas enjaquiradas.
Espuelas de plata que refulgían como cuchillas bajo la luna.
En la oscuridad, lo único que los niños distinguían con claridad eran unos gruesos bigotes entrecanos.
Nada más.
Ni sonrisa.
Ni mirada.
El Juego del Valor
El propósito del juego era sencillo y terrible:
Ver quién era el más valiente.
El que aguantara más tiempo de pie mientras el charro se acercaba.
Algunos murmuraban que era el diablo. Otros, que era un alma condenada. Alguno decía que era simplemente un hombre rico que disfrutaba asustar niños.
Pero cuando el caballo comenzaba a acercarse, y el sonido del empedrado resonaba como tambores de guerra…
—¡Ahí viene! —gritaba alguno.
Y entonces la valentía se evaporaba.
Los pequeños corrían de regreso al patio como estampida de gorriones, se metían a sus cuartos, cerraban puertas y se cubrían con mantas hasta la cabeza.
Después…
Sólo se escuchaba el cabalgar.
Alrededor del patio. En círculos. Sin prisa. Como si buscara algo.
O a alguien.
El Misterio Persistente
Jamás se supo si el jinete entraba realmente a la vecindad o si sólo rodeaba el perímetro. Nadie adulto quiso asomarse. Y si alguno lo hizo, nunca lo confesó.
Con el paso de los años, el patio Cuauhtémoc desapareció. En su lugar se levantó la Arena Xalapa.
Pero hay quienes aseguran que, en noches particularmente húmedas, cuando el viento arrastra ecos antiguos, aún se escucha un leve golpeteo sobre el pavimento.
No es tránsito. No es imaginación. Es un caballo.
Y alguien sigue probando el valor de quienes se atreven a esperar.
Decía mi abuelo —hombre de sombrero firme y palabra escasa— que el diablo no siempre viene a tentar con oro o con promesas. A veces sólo viene a medir el miedo. Y quien juega con la oscuridad, tarde o temprano aprende que no toda valentía es virtud.
Porque el que se acostumbra al susto, puede terminar buscándolo.
Y eso, mis queridos lectores, es más peligroso que cualquier espolón de plata.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en el libro Sonido del Agua y la Arena. Historias, cuentos y leyendas de Xalapa 3ª ed. (2013)
Compilador Alberto Espejo
