
En el norte del Estado de Campeche, allá donde la tierra se encuentra con los vientos de Yucatán, existe un pueblo apacible llamado Bécal, famoso por sus sombreros de jipi, tejidos con paciencia bajo tierra en cuevas frescas de zascab.
Quien lo visita encuentra paz: una plaza cubierta de césped bajo, almendros que parecen sombrillas gigantes, palmeras que custodian el templo y árboles del fuego que enrojecen el atrio. Todo respira serenidad.
Pero no se confíe, lector prudente.
Porque antes de llamarse Bécal… aquel lugar fue Bel-Ha, el Camino del Agua. Y donde hoy hay senderos secos, alguna vez corrió un río cristalino.
Y donde hubo alegría… nació también la desgracia.
Cuando Bel-Ha era el Jardín de los Príncipes
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que allá en tiempos tan remotos que ni los abuelos recuerdan con claridad, el pueblo se llamaba Bel-Ha, pues un río puro lo atravesaba de norte a sur. Sus aguas eran tan limpias que reyes y príncipes acudían a bañarse en ellas.
A la luz de la Luna, ninfas invisibles danzaban entre los juncos.
Las palmas del jipi se mecían como si escucharan música antigua.
Todo era dicha.
Y en aquel paraíso vivía la princesa Kiichpam, cuyo nombre significa “la hermosa”. Los oráculos habían profetizado que el primer hombre que contemplara su belleza sería su esposo.
Por temor al destino, el rey la mantenía oculta hasta la llegada de su prometido, un príncipe lejano proveniente de Aztlán.
Pero el destino… suele esconderse en los rincones más oscuros.
El Enano en la Sombra
En Bel-Ha habitaba un ser llamado Box-Uinic.
Era pequeño, contrahecho, de rostro terrible. Se ocultaba del mundo, odiando su reflejo y huyendo de la luz. Solo salía de noche, cuando la Luna le permitía esconderse bajo la sombra de los árboles.
Una noche la vio.
Entre las palmas de jipi, mientras Kiichpam descendía al río acompañada de esclavas, el enano contempló lo que ningún otro hombre había visto.
Y en su corazón brotó una idea venenosa:
—“He sido el primero. Los dioses lo han decretado. Ella es mía.”
Pero al mirarse en el agua, vio su deformidad. Y donde antes hubo deseo… nació odio.
El odio del que ama lo imposible.
El Hechicero del Cementerio
Consumido por la obsesión, Box-Uinic acudió al brujo que vivía más allá del camposanto.
Cuervos y lechuzas custodiaban la choza.
El aire olía a humo y ambición.
El enano ofreció toda su fortuna a cambio de un poder capaz de destruir a su “enemigo”.
El hechicero, cegado por el oro, le entregó un cántaro sellado que contenía un genio del mal.
Pero le advirtió:
—“Que jamás toque el agua… o todos pereceremos.”
Ah… si los hombres escucharan las advertencias con la misma atención que escuchan sus deseos.
La Explosión que Secó el Mundo
La noche siguiente, oculto entre las palmas, Box-Uinic aguardó a la princesa.
Cuando ella apareció, radiante como la Luna misma, el monstruo se abalanzó sobre ella.
El pueblo acudió.
La multitud gritó.
El destino se tensó como cuerda a punto de romperse.
Desesperado, el enano lanzó el cántaro al río.
El agua lo recibió.
Y el mundo tembló.
Una explosión terrible sacudió la tierra. El río desapareció. Bel-Ha quedó en silencio.
Nadie volvió a ver aquel pueblo.
El Camino de la Culebra
Siglos después, viajeros mayas llegaron a una llanura árida.
Un anciano les contó que allí existió un río, destruido por la ambición de un hombre.
El sendero serpenteaba como culebra.
Y lo llamaron Bel-Can —Camino de la Serpiente—.
Con el tiempo, los españoles lo pronunciaron Bécal.
Pero dicen…
Que en noches oscuras, cuando el viento baja de los cerros…
Se escucha una voz que susurra:
—“¡Mía… mía…!”
Miren, muchachos… el amor no correspondido no es pecado.
Pero cuando el orgullo lo convierte en obsesión… destruye pueblos enteros.
El agua es vida.
Y la ambición, cuando se mezcla con rencor, la seca.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Campeche a través de sus Leyendas,
Universidad Autónoma del Sudeste, 1984.
