
Mis queridas almas lectoras, las antiguas calles de Querétaro guardan más secretos de los que revelan sus silenciosos muros. Detrás de zaguanes cerrados y ventanas siempre discretas, transcurrieron vidas enteras marcadas por alegrías, desgracias y misterios que el tiempo se empeñó en conservar.
Entre las callejuelas de la vieja ciudad conventual existe una cuyo nombre despierta curiosidad entre los caminantes. Se trata de la Calle de las Malfajadas, una vía cuyo extraño nombre nació de una historia tan triste como sobrenatural, una de esas que los viejos vecinos aún recordaban al calor de una lámpara de aceite.
Un funeral en la ciudad conventual
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corría la tercera década del siglo pasado cuando un pequeño cortejo fúnebre avanzaba lentamente por una empinada calle queretana rumbo a la iglesia de la Merced.
El doblar de las campanas acompañaba el paso de unos cuantos dolientes que llevaban un sencillo ataúd blanco adornado únicamente con una azucena. A su lado caminaban dos mujeres corpulentas de origen indígena que lloraban sin consuelo.
Aquella joven que era conducida a su última morada había sido, años atrás, la única hija de una familia distinguida de la ciudad. Su nombre era Alicia.
Mientras observaban el féretro, las dos fieles acompañantes recordaban el día en que aquella misma niña había sido llevada al templo para recibir el bautismo. Entonces todo era música, flores y esperanza.
Pero el destino suele escribir con tinta distinta a la que imaginan los hombres.
La infancia de Alicia
Apenas habían transcurrido unas semanas desde el bautizo cuando don Joaquín de Robles falleció víctima de una enfermedad contraída durante uno de sus viajes comerciales.
Su viuda quedó sola al frente de los negocios familiares y la pequeña Alicia pasó a ser criada principalmente por dos sirvientas leales: Natalia y Agapita.
Las mujeres eran conocidas por vestir amplias enaguas indígenas sujetadas de forma peculiar alrededor de la cintura. Aquella manera de portar sus prendas hacía que muchos vecinos las llamaran, con cierta burla, “las mal fajadas”.
La niña creció enfermiza y delicada. Pasaba la mayor parte de sus días en una habitación cuya ventana daba hacia una huerta abandonada donde el viento hacía crujir ramas y hojas secas.
Aquella vista melancólica sería el escenario de su primer encuentro con lo inexplicable.
La dama de negro entre los árboles
Una tarde, cuando apenas contaba seis años de edad, Alicia pidió ser llevada junto a la ventana.
Observó con insistencia la vieja huerta y de pronto señaló hacia los árboles.
—Mira, Agapita, ya se va la señora.
La sirvienta miró extrañada.
—¿Cuál señora?
—La señora de negro que siempre pasea entre los árboles y me sonríe.
Aquellas palabras helaron el ambiente de la habitación.
Momentos después la niña sufrió una fuerte crisis provocada por su enfermedad y permaneció dormida durante largo tiempo.
Aunque logró recuperarse, la imagen de aquella misteriosa mujer vestida de luto quedó grabada para siempre en su memoria.
La pérdida de su madre
Los años pasaron y Alicia se convirtió en una joven hermosa, delicada y de carácter dulce.
La situación económica de la familia era cada vez más difícil. Doña Elisa luchaba por mantener la hacienda y los pocos recursos que les quedaban, sacrificando poco a poco su propia salud.
Una tarde, mientras ambas cosían junto a la ventana, un pequeño pájaro cayó muerto cerca de la huerta.
Alicia volvió la vista hacia el exterior y allí estaba nuevamente la mujer de negro.
La misma figura que había visto durante su infancia.
Antes de poder reaccionar escuchó un golpe seco.
Su madre acababa de desplomarse víctima de un ataque al corazón.
Aquella visión quedó asociada para siempre con la tragedia.
Desde entonces Alicia comprendió que la extraña dama parecía anunciar la llegada de la muerte.
El amor que devolvió la esperanza
La desgracia parecía no abandonar a la joven.
Sin embargo, cuando todo parecía perdido, una nueva vecina ofreció ayuda. Su hijo era un médico recién graduado que accedió a atender a la enfermiza muchacha.
El doctor Jorge llegó a la casa como un rayo de luz en medio de tantos años de tristeza.
Pronto nació entre ambos un profundo amor.
Con la salud recuperándose poco a poco y el corazón lleno de ilusiones, Alicia comenzó a imaginar una vida distinta. Se comprometieron y prepararon una boda que llenó nuevamente la vieja casa de alegría.
Pero las leyendas enseñan que la felicidad absoluta suele ser frágil.
La última aparición
La víspera de la boda era una jornada de preparativos. Desde su balcón Alicia observaba el movimiento constante en la casa del novio.
De pronto vio salir a una persona que transportaba una gran caja de cartón procedente de una sastrería. Al fijarse mejor, sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Reconoció a la mujer de negro. La misma aparición de su infancia. La misma que había visto antes de la muerte de su madre. La misma que tantas veces había surgido entre los árboles de la huerta abandonada.
Poco después llamaron a la puerta.
Era Agapita. Con voz temblorosa anunció la tragedia.
El doctor Jorge había muerto inesperadamente.
La joven cayó inconsciente.
Jamás volvió a recuperarse completamente.
El origen de la Calle de las Malfajadas
Durante semanas Alicia permaneció entre la fiebre y el delirio.
Finalmente falleció, dejando solas a Natalia y Agapita.
Con el tiempo la casa quedó abandonada y comenzó a deteriorarse.
Los vecinos hablaban poco de sus antiguos habitantes, pues siempre habían sido personas reservadas. Sin embargo, todos recordaban a las dos fieles sirvientas que recorrían diariamente aquella calle.
Por su peculiar forma de vestir las llamaban “las mal fajadas”.
Primero se habló de la casa de las Malfajadas.
Después del callejón de las Malfajadas.
Y finalmente la vía entera quedó conocida para siempre como la Calle de las Malfajadas.
Así, una historia de amor, enfermedad y muerte terminó convirtiéndose en parte de la memoria de Querétaro.
Dicen los antiguos que la muerte no siempre llega sin aviso. Algunas veces se presenta silenciosa, caminando entre sombras, y sólo aquellos destinados a verla comprenden su mensaje. Porque hay señales que el corazón entiende mucho antes que la razón.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ma. Luisa Medina de Montes Collantes, La abuela contaba, 2005.
