
En los pueblos antiguos de la península de Yucatán, donde el monte guarda sus secretos bajo la sombra de ceibas centenarias, los abuelos advertían a las mujeres recién paridas que no durmieran sin compañía, ni dejaran rendijas abiertas en las paredes de bajareque.
Decían que en el monte vivía una criatura silenciosa, larga como un bejuco y gris como la ceniza, con una cola oscura dividida en dos puntas. La llamaban Ekuneil, que en lengua maya significa “cola negra”.
No era un animal cualquiera, sino un visitante de las noches sin luna, un ladrón de la leche materna, un espectro reptante al que se temía más que a la misma muerte.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los montes cercanos a los pueblos del Mayab habitaba una serpiente de extraordinario tamaño, de piel grisácea y cola negra, ancha y dividida en dos puntas.
No solía mostrarse a los hombres, ni se dejaba ver bajo el sol. Era criatura de la noche, de los techos de palma, de los senderos húmedos y del silencio.
Pero cuando en alguna casa nacía un niño, la Ekuneil lo sabía.
Dicen que podía oler la leche materna a grandes distancias. Su lengua rasgaba el aire, detectando el dulce aroma de la maternidad, y entonces descendía del monte, arrastrando su cuerpo entre hojas secas y raíces retorcidas.
Trepa por los árboles, salta de rama en rama y alcanza el techo de la choza. Se desliza entre las rendijas y entra en la casa como una sombra alargada.
Allí encuentra a la madre, dormida junto a su criatura.
La Ekuneil se acerca lentamente y, con la frialdad de lo inevitable, introduce las dos puntas de su cola en las fosas nasales de la mujer.
En ese instante, la pobre madre cae en un sueño profundo, incapaz de moverse o despertar.
Entonces la serpiente se alimenta.
Bebe la leche de sus pechos con avidez silenciosa. Y cuando el bebé comienza a llorar, la Ekuneil introduce una de las puntas de su cola en la boca del pequeño, para mantenerlo callado mientras continúa su festín.
Así pasan las noches.
La madre se debilita sin saber por qué. El niño, aunque parece alimentarse, se vuelve cada vez más delgado y pálido.
Nadie sospecha de la serpiente… hasta que es demasiado tarde.
Si nadie descubre a la Ekuneil, ambos mueren lentamente de hambre y veneno, mientras la criatura regresa al monte, satisfecha, lista para buscar otra casa, otro llanto, otra cuna.
Por eso, en los pueblos antiguos, cuando nacía un niño, las abuelas vigilaban a la madre durante la noche. Sellaban las rendijas, esparcían ceniza en el suelo para ver rastros y colgaban ajos para espantar a la serpiente.
Porque sabían que la Ekuneil no era un simple animal…
sino una sombra hambrienta que conocía el camino hasta las cunas.
Y así, muchacho, cuando escuches a una mujer mayor decir que no dejes la puerta abierta ni duermas sin compañía cuando haya un recién nacido en casa… no es simple superstición.
Son advertencias viejas, nacidas del miedo y del recuerdo.
Porque el monte tiene ojos, lengua y escamas, y hay criaturas que no necesitan colmillos para matar… les basta con robar lo que da la vida.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
