
Zacatlán no solo huele a manzana y a tierra mojada; también guarda silencios que pesan. Al caer la noche, cuando la neblina se descuelga de los cerros y el río murmura historias viejas, hay quien prefiere cerrar ventanas y rezar en voz baja. Porque no todo llanto es de este mundo… y hay penas que ni la muerte consigue callar.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace muchos años vivió en el pueblo una mujer buena y trabajadora. Viuda desde hacía tiempo, sacaba adelante a sus dos pequeños lavando ropa ajena en el río. Sus manos conocían el jabón y el frío del agua; su corazón, la preocupación diaria de quien no tiene a nadie más que a sus hijos.
La jornada junto al río
Cierta mañana, el trabajo fue tanto que no halló con quién dejar a los niños. Decidió llevarlos consigo al río de San Pedro, cerca de la cascada. Mientras ella restregaba telas al borde del agua, los pequeños jugaban entre piedras húmedas y risas inocentes. El río parecía manso… pero la sierra nunca avisa.
El grito y la caída
De pronto, el aire se rasgó con un alarido infantil. La mujer dejó todo y corrió. Alcanzó a ver a sus hijos resbalando por la pendiente traicionera, camino al abismo espumoso de la cascada. Gritó sus nombres con el alma, estiró los brazos… y, en un último acto de amor desesperado, se lanzó tras ellos.
Muerte y condena
El río cobró tres vidas esa tarde. Dicen que el agua se volvió más oscura y que la cascada rugió como nunca. Desde entonces, cuando la noche cae sobre Zacatlán, se escucha un llanto desgarrador: una mujer que llama a sus hijos entre sollozos, recorriendo las orillas del río y perdiéndose en la neblina.
Quienes la han oído aseguran que no amenaza ni se aparece de frente; solo llora. Un llanto que cala hasta los huesos y que recuerda que hay culpas que no se pagan con la muerte. Algunos afirman haber visto una silueta blanca cerca de la cascada, otros solo escuchan su voz… pero todos coinciden en lo mismo: no es prudente acercarse al río cuando la luna está alta.
Decía mi abuelo: Así son las penas grandes, mis nietos: se quedan a vivir donde ocurrió la desgracia. No toda Llorona fue malvada en vida; algunas fueron madres vencidas por la pobreza, el cansancio y un instante fatal. Y aun así, la leyenda las condena a buscar lo que más amaron… para siempre.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Basado en la obra de Hola Zacatlán
“Fantasmas en Zacatlán”, primera publicación en 2021.