
Mis queridas almas lectoras, siéntense cerca del fuego; dejen que el crepitar de la leña y la danza temblorosa de las velas iluminen sus rostros mientras relatamos un suceso que ha quedado grabado en la memoria de quienes aún transitan las viejas veredas de Huinalá, un poblado antiguo del municipio de Apodaca, en el estado de Nuevo León, México.
Las noches en estos campos, antaño de tierra y ganado, ahora reviven entre la ciudad y la modernidad. Sin embargo, hay almas que siguen sintiendo el peso del silencio y de lo inexplicable… Y es en una de esas madrugadas, bajo un cielo que aún guarda la helada de la Navidad, cuando se desata esta historia.
La niña
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que fue en la madrugada de un 25 de diciembre, después de una cena de Nochebuena en familia, cuando un grupo regresaba a su hogar tras una reunión de afectos y risas. Vivían por los rumbos de Santa Rosa, y para llegar a casa debían cruzar por el antiguo camino de Huinalá, que en aquellos años no era más que una senda solitaria y oscura que después se unía a lo que hoy conocemos como Miguel Alemán.
El encuentro
La familia avanzaba con cautela. Las luces del automóvil apenas rasgaban la negrura, y el silencio parecía susurrar secretos que nadie podía descifrar. Iban despacio, no por miedo, sino por respeto a la quietud de la noche.
De pronto, una camioneta que venía a toda prisa los alcanzó, levantando el polvo del camino como fantasmas danzando en su estela. En el reflejo de los faros vieron algo que heló la sangre en sus venas: una figura diminuta estaba sentada en la defensa trasera de ese vehículo encapotado de polvo y misterio.
Confundidos, encendieron claxon y luces intentando llamar la atención de la otra camioneta, intentando quizá ayudar… o quizás alertar de algo que no comprendían.
La camioneta —como si finalmente escuchara el llamado— redujo la velocidad. Fue entonces que lograron ver con claridad a la pequeña: un vestido blanco, sucio y roído; cabello largo, enmarañado y desaliñado que ocultaba casi todo su rostro.
Pero al levantarse el cabello… ¡ah, mis almas! Lo que descubrieron no era un rostro de niña, sino algo que parecía trazado entre pesadillas y cuentos viejos: ojos luminosos, brillantes, y una sonrisa que no era sonrisa humana… sino burlona, diabólica, desafiante al mismo miedo.
¿Que era eso?
Cuando la niña vio que la camioneta de la familia se acercaba, saltó con agilidad sobrehumana al terreno desierto, internándose entre los baldíos, desapareciendo como si se disolviera en la propia negrura.
Los ocupantes de la otra camioneta, visiblemente afectados, aseguraron que no llevaban a nadie y que jamás vieron a una niña en su vehículo.
Desde entonces, cuentan quienes han osado cruzar esa senda a altas horas de la noche que numerosos accidentes mortales han ocurrido ahí, y que no es raro ver luces o sentir presencias que no pertenecen al mundo de los vivos.
Cuando cierro mis cuencas vacías y recuerdo el relato de Huinalá, me imagino a esa niña como un triste eco, quizá de alguien que alguna vez perdió su camino, quizá de un espíritu que se aferra a su noche eterna buscando algo que jamás será hallado. Tal vez… sólo tal vez… lo que nosotros llamamos “aparición” sea la memoria misma de la tierra reclamando su historia. Mis almas lectoras, no subestimen el silencio en las noches más calladas.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
