
Cuando yo aún tenía carne en los huesos —corría el año de 1900—, escuché a más de un anciano decir que la muerte no era un portazo, sino un largo pasillo. Los antiguos de esta tierra lo sabían bien: morir era apenas comenzar un viaje. No todos iban al mismo sitio, ni todos eran recibidos del mismo modo.
Lo que aquí relato no lo inventé yo ni me lo sopló ningún fantasma borracho de pulque. Proviene de palabras viejas, muy viejas, recogidas con paciencia por Fray Bernardino de Sahagún, en su obra monumental Historia general de las cosas de la Nueva España, conocida también como el Códice Florentino.
Los caminos del más allá
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando un hombre o una mujer exhalaba el último suspiro, no desaparecía sin más. El alma emprendía camino hacia uno de tres destinos, y no era la conducta la que decidía el rumbo, sino la forma de morir.
El Mictlán: el lugar sin ventanas
Quienes morían de enfermedad —fueran señores o gente sencilla— iban al Mictlán, un sitio hondo y silencioso gobernado por Mictlantecuhtli, el señor de la muerte, y su compañera Mictecacíhuatl, la señora de los descarnados.
Al difunto se le hablaba con palabras duras, pero sinceras, recordándole que la vida era breve, como quien se calienta un instante al sol. Se le preparaba con papeles rituales, agua para el camino y ofrendas para superar pruebas espantosas:
- Dos sierras que se estrellaban una contra otra
- Una culebra guardiana
- La lagartija verde Xochitónal
- Ocho páramos y ocho collados
- El viento de navajas, el temido itzehecaya
Para cruzar el río Chicunahuapa, el alma necesitaba un perro de pelo bermejo. Ni blanco ni negro servían; esos, decían, siempre ponían excusas. Solo el rojo cumplía, fiel hasta después de muerto.
Tras cuatro años de ofrendas y ceremonias, el alma finalmente se disolvía en el Chicunamictlán, donde todo recuerdo terminaba.
El Tlalocan: el paraíso verde
No todos sufrían. Aquellos que morían por rayo, ahogados o víctimas de enfermedades incurables iban al Tlalocan, el paraíso del dios Tláloc.
Allí no había dolor ni llanto. Siempre era verano. El maíz estaba tierno, las flores abiertas y el agua fresca. Los dioses tlaloque cuidaban ese lugar donde el alma descansaba sin pena alguna.
A estos muertos no se les quemaba: se les enterraba con semillas en la boca y el rostro pintado de azul, señal de que habían sido llamados por el agua y el cielo.
El cielo del Sol
Los guerreros muertos en batalla y los sacrificados llegaban al cielo donde habita el Sol. Cada amanecer gritaban, golpeaban sus escudos y miraban al astro por los agujeros de las rodelas atravesadas por flechas.
Después de cuatro años, sus almas regresaban convertidas en aves de pluma brillante, libando flores tanto en el cielo como en la tierra. Hermoso destino, aunque ganado a filo de obsidiana.
Aquí no había premios ni castigos morales, mis queridos huesos curiosos. La muerte era destino, no juicio. Los antiguos entendían que la vida y la muerte eran fuerzas naturales, no tribunales. Y quizá, solo quizá, por eso le temían menos al final que muchos vivos de ahora.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Fray Bernardino de Sahagún,
Historia general de las cosas de la Nueva España, primera publicación aproximada: 1577.
