
Cada Día de Muertos, cuando las velas se encienden y el olor del copal se mezcla con el del pan recién horneado, hay una historia que regresa puntualmente a las pantallas mexicanas: Macario. Muchos la recuerdan por la película, por su atmósfera solemne, por la magnifica actuación de un joven Ignacio López Tarso y por esa Muerte silenciosa que observa sin pestañear, interpretada de manera inolvidable por el actor Enrique Lucero.
Pero pocos recuerdan —o han leído— el libro.
Y el libro, mis queridas almas lectoras, no cuenta exactamente la misma historia.
Bruno Traven nos dice…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en un México antiguo, áspero y desigual, vivía Macario, un leñador tan pobre que su mayor ambición no era el oro ni la fama, sino algo mucho más sencillo y más cruel: comerse un guajolote entero él solo, sin tener alrededor las miradas hambrientas de sus once hijos.
Macario no soñaba con cambiar su destino.
Soñaba con llenar el estómago una sola vez en paz.
Su mujer, flaca y silenciosa, conocida como La Mujer de los Ojos Tristes, logra después de años de sacrificio regalarle ese guajolote tan anhelado. Macario huye al monte para comérselo lejos de todos. Y es ahí, en el bosque —ese lugar donde las fronteras se diluyen— donde lo visitan tres figuras que no pertenecen del todo a este mundo.
El Diablo, Dios… y la Muerte
Primero aparece el Diablo, disfrazado de charro rico, brillante y ostentoso. Le ofrece dinero, tierras y poder a cambio de un pedazo del pavo. Macario lo rechaza sin titubeos: al rico no se le da comida.
Luego llega Dios, como peregrino humilde. Le pide un bocado con palabras suaves. Macario también se niega, no por soberbia, sino por respeto: ¿quién es él para alimentar a quien puede crear el mundo entero?
Finalmente aparece la Muerte.
No engaña. No promete. No amenaza.
Tiene hambre.
Y Macario, que ha vivido toda su vida con el estómago vacío, la reconoce como su igual. Parte el guajolote y comparte.
Ese acto, pequeño y humano, cambia su destino.
El don y la trampa
Agradecida, la Muerte le entrega un guaje con agua milagrosa capaz de curar cualquier enfermedad. Pero pone una condición clara:
- Si la Muerte está a los pies del enfermo, Macario puede curarlo.
- Si está a la cabecera, no hay medicina que valga.
La Muerte decide.
El hombre solo obedece.
Macario se convierte en un médico famoso. Cura a pobres y ricos. Cobra según la conciencia de cada quien. Se vuelve próspero, respetado, poderoso.
Pero nunca libre.
Porque nadie negocia con la Muerte sin pagar el precio completo.
Lo que el libro dice y la película suaviza
Aquí está la diferencia esencial:
- El libro es más crudo, más filosófico, más incómodo.
- La película es más simbólica, más contemplativa, más piadosa.
En el texto de Bruno Traven:
- La Muerte habla, bromea y reflexiona
- El hambre es el verdadero motor moral
- El milagro no es una bendición eterna, sino un préstamo peligroso
- El final no consuela: advierte
El libro no busca tranquilizar al lector. Busca que piense.
Mis queridas almas lectoras, Macario no es una historia sobre castigos divinos ni recompensas celestiales. Es una historia sobre dignidad, sobre hambre, y sobre esa verdad que los antiguos sabían bien:
A la Muerte no se le engaña.
Pero a veces, si uno es justo,
se puede sentar a comer con ella.
Lean el libro. Vean la película. Y cuando pongan su ofrenda este Día de Muertos, recuerden que los muertos no regresan por lujo, sino por memoria.
Si esta historia les estremeció el alma, compártanla.
Si recuerdan otra versión, sean indulgentes: las leyendas cambian según quién las cuenta.
Y no olviden volver a La Garbancera, donde la Muerte siempre tiene una silla reservada… y un plato servido.