
Hay noches en la Ciudad de México en las que el silencio pesa más que el concreto. Quien camina distraído entre las jardineras de la colonia Roma, creyendo que los claros entre edificios son simple urbanismo moderno, ignora que ahí hubo torres de vida, risas, desayunos apurados… y muerte súbita.
Yo he pasado por ahí muchas veces. No con carne ni con aliento, claro está, sino con la paciencia que sólo da la muerte. Y les puedo asegurar una cosa: la tierra recuerda. Y cuando recuerda, a veces… silba.
La leyenda del silbato
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en las explanadas donde hoy sólo hay concreto extendido y bancas cansadas, aún se escucha por las noches un silbatazo claro y firme, como los que usan los scouts para reunirse.
No es un silbato cualquiera.
No es llamado de policía ni aviso de cartero.
Es una señal antigua, precisa, cargada de disciplina… y de despedida.
El muchacho recién llegado
Corría septiembre de 1985. Un joven, recién llegado a casa de su tía en los multifamiliares Juárez, comenzaba a conocer las calles: Huatabampo, Mérida, Córdoba. Caminaba sin miedo, como sólo caminan los vivos que aún no saben lo frágil que es todo.
Una tarde, al pasar por las explanadas, notó algo extraño: espacios abiertos donde deberían alzarse edificios. Su primo le explicó con voz baja que ahí estaban los B-4 y B-5, derrumbados y luego demolidos tras el temblor.
Esa noche, por primera vez, escuchó el silbato.
El llamado que nadie quería nombrar
Días después, al acompañar a su primo a una reunión scout, reconoció el sonido. Era idéntico. El mismo silbatazo que convocaba a los muchachos en formación.
Cuando lo mencionó, el ambiente se heló.
El silencio cayó como losas de concreto.
Y nadie quiso volver a hablar del asunto.
Porque algunos sonidos no se explican: se cargan.
La verdad bajo los escombros
Tiempo después, su primo no pudo callar más.
Le contó que el 19 de septiembre, mientras la ciudad se partía en dos, él y muchos otros comenzaron a escarbar con las manos. Que los gritos bajo las ruinas eran reales. Que los scouts llegaron de todas partes, sin preguntar a quién iban a salvar.
Y entonces, entre el polvo y la desesperación, escucharon un SOS con silbato scout.
Era Lalo.
El Jefe de Tropa.
Atrapado bajo toneladas de concreto.
Durante dos días, Lalo silbó.
Pidiendo ayuda.
Resistiendo.
Sirviendo… hasta el final.
El último silbatazo
Cuando ya no había fuerza, cuando el agua y el aire se habían acabado, Lalo emitió un último llamado.
No fue un SOS.
Fue una llamada de reunión.
Un adiós.
Dicen que ese sonido aún flota en las noches largas de la Roma:
largo, largo, corto…
no como auxilio, sino como memoria.
Mis queridas almas lectoras, he visto muchos fantasmas en este país: charros, mujeres en pena, monjes y soldados. Pero pocos pesan tanto como los que murieron sirviendo sin pensar en recompensa.
Este no es un espectro de rencor. Es un recuerdo que se niega a desaparecer.
Porque hay llamados que no deben olvidarse jamás.
A LA MEMORIA DE LOS HERMANOS CAIDOS EN ACCION
«SCOUTS SIEMPRE, LISTOS PARA SERVIR.»
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Arturo Reyes Fragoso,
El canto triste de un silbato, publicado en Excélsior, 1985.