
Mucho antes de que las campanas coloniales marcaran el tiempo y los caminos fueran trazados por herraduras españolas, la región que hoy conocemos como Morelos respiraba bajo la protección de los dioses del viento, la lluvia y la tierra fértil.
En aquellos días, los cerros eran guardianes, los ríos mensajeros y los pueblos tlahuicas sabían escuchar el murmullo del mundo invisible. Fue en ese escenario donde nació una historia que mezcla abandono y destino, tragedia y gloria, humanidad y divinidad.
Una historia que aún susurra el viento cuando se asciende al cerro del Tepozteco.
Historia
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los tiempos en que los dioses caminaban entre los hombres, vivía en la región una doncella de noble linaje tlahuica, cuya belleza rivalizaba con la luna llena reflejada en las aguas del río Atongo.
Custodiada por su padre y por una fiel nodriza, la joven hallaba consuelo en el río, donde el canto de las aves y el murmullo del agua eran su única compañía. Fue allí donde un pajarillo rojo comenzó a visitarla cada día, posándose cerca mientras entonaba trinos dulces y misteriosos. Algunos decían que aquel ave era en realidad Ehécatl, dios del viento, quien había descendido en forma ligera para contemplarla.
Pasaron los días… y el destino quedó sellado.
Cuando la doncella comenzó a mostrar signos de embarazo, la furia del padre cayó como tormenta. Deshonrado, ordenó que el niño fuese eliminado en cuanto naciera.
El pequeño vino al mundo fuerte y sereno. Pero su llanto apenas había comenzado cuando fue llevado a su primer destino: un hormiguero.
El niño protegido por la naturaleza
La noche cubrió el monte.
Y sin embargo, al amanecer, la escena fue distinta a la esperada.
Las hormigas no devoraron al recién nacido.
Lo rodeaban con paciencia, llevándole gotas de miel como si reconocieran en él algo sagrado.
Irritado, el padre lo abandonó después entre las pencas de un maguey para que el sol lo consumiera. Mas la planta inclinó sus hojas, lo cobijó y le ofreció aguamiel.
En un último intento, el niño fue colocado en una caja de madera y arrojado a la corriente del río Atongo. El agua lo llevó lejos… hasta que una pareja de ancianos lo encontró flotando entre juncos y reflejos dorados.
Aquellos viejos, que nunca habían tenido hijos, lo tomaron como regalo del destino.
Y así comenzó la vida del niño que sería llamado Tepoztécatl.
El llamado del héroe
El joven creció fuerte, diestro con el arco y dotado de una conexión especial con la naturaleza. Se decía que el viento guiaba sus flechas y que los animales no le temían.
Pero en sus sueños, una figura le hablaba.
Ehécatl, su padre divino, le susurraba que su destino no era la tranquilidad del jacal, sino el camino del héroe.
La prueba llegó cuando su padre adoptivo fue elegido como sacrificio para la temible serpiente Xochicálatl, monstruo que habitaba en Xochicalco y exigía vidas humanas.
Tepoztécatl tomó la decisión que solo los grandes toman: ocupar su lugar.
La serpiente de Xochicalco
Camino al sacrificio, el joven recogió fragmentos de obsidiana.
Al enfrentar a la bestia, fue devorado de un solo golpe.
El silencio reinó.
Pero dentro de la serpiente, el joven no se rindió. Con las obsidianas cortó la carne del monstruo desde su interior hasta emerger cubierto de sangre y gloria, derrotando al terror que oprimía la región.
El pueblo lo celebró como héroe.
El sonido del teponaztli y la barranca
De regreso, Tepoztécatl escuchó la música de una fiesta: el teponaztli y la chirimía resonaban en el aire. Al negársele tocar, tomó los instrumentos y huyó.
Una multitud lo persiguió.
Entonces ocurrió uno de esos prodigios que la tradición guarda con sonrisa y asombro: al orinar en el camino, su líquido abrió una profunda barranca que detuvo a sus perseguidores.
Así llegó al cerro del Tepozteco, donde tocó el teponaztli anunciando su triunfo.
Desde entonces, fue reconocido como Señor de Tepoztlán.
El héroe que no murió
Dicen que Tepoztécatl no murió como los hombres comunes.
Se retiró a vivir en la pirámide del Tepozteco, donde aún vigila a su pueblo y escucha las plegarias que suben con el humo del copal.
Siglos después, en 1538, fray Domingo de la Anunciación lo bautizó simbólicamente, dando origen a la festividad del 8 de septiembre, donde lo indígena y lo cristiano se fundieron en celebración.
Y así, el niño del viento se convirtió en mito eterno.
Mire usted… hay historias donde el héroe nace en palacios, pero otras —las más profundas— nacen en el abandono.
Tepoztécatl nos recuerda que la naturaleza reconoce a los elegidos incluso cuando los hombres los rechazan.
Y que todo héroe, antes de serlo, fue un niño protegido por la esperanza.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la publicacion del portal Mexico desconocido
