
Tlalpujahua no solo es pueblo minero y de historia profunda; también es tierra donde las ánimas errantes aún reclaman lo que les fue arrebatado. Entre callejones empedrados, plazas silenciosas y ríos antiguos, sobreviven relatos que no se escribieron en libros, sino en la memoria de los abuelos, contados a los nietos mientras la vela se consume lentamente.
Y esta, almas mías, es una de esas historias.
El Negro Piñón…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Fernando, a quien todos apodaban El Negro, fue en vida hijo de buena familia. Nada le faltaba, salvo lo más peligroso: paz en el corazón. Una decepción amorosa lo lanzó al alcohol y, con el alcohol, al odio. Especialmente hacia las mujeres, a quienes culpaba de su desgracia.
Con el paso del tiempo, su rostro se volvió irreconocible: pupilas negras como pozos, dientes rotos por riñas, labios hinchados y húmedos de aguardiente. Las mujeres del pueblo huían de él; los hombres lo enfrentaban a golpes. El Negro ya no era hombre: era advertencia.
La mujer de blanco en la Plaza de Borda
Una tarde de octubre, cuando los primeros fríos calaban los huesos, El Negro se encontró frente a una mujer imposible de ignorar. Vestía de blanco, de una blancura que no pertenecía a este mundo. Sus cabellos negros caían como noche cerrada, y en su falda se bordaban flores rojas, finas como heridas recién abiertas.
Las campanas del Carmen llamaban a misa de seis cuando ella, sin mirarlo, pronunció una sola palabra:
—Sígueme.
La persecución
La figura avanzó por la fuente de Borda, rumbo a la presidencia y luego fuera del pueblo. El Negro la siguió, presa de un deseo enfermizo. Ella no caminaba: flotaba. Y cuanto más corría él, más se alejaba ella.
La persecución duró más de una hora, hasta la carretera rumbo a Atlacomulco–Morelia. Ya de noche, frente al cementerio cercano a la desviación de Tlacotepéc, El Negro logró alcanzarla.
El verdadero rostro
La sujetó con fuerza, jadeando como bestia. Pero al intentar besarla, el horror se reveló: donde antes hubo belleza, ahora había la cabeza de un caballo blanco, ojos verdes encendidos en sangre, bufando blasfemias infernales. Sus manos se tornaron garras ensangrentadas que lo aprisionaron con fuerza inhumana.
—Soy La Cegua —bramó— dueña del río y de las tierras que baña. Sobre mi tumba hubo una capilla que destruyeron. Desde entonces soy libre.
Se alimenta, dicen, de almas como la suya: negras, perdidas, olvidadas.
La huida y la confesión
Con un último aliento, El Negro logró zafarse y corrió sin mirar atrás hasta la parroquia de Tlalpujahua. Se desplomó ante la Virgen del Carmen, suplicando perdón. El cura escuchó su confesión completa, bajo el peso del silencio y la fe.
Pero el perdón no siempre devuelve lo robado.
Un hombre sin voluntad
Cuentan los abuelos que El Negro jamás volvió a beber, pero tampoco volvió a vivir. Algo de él quedó atrapado en aquel cementerio, bajo las garras de La Cegua, demonio del barrio del Carmen. Poco después, se apagó como vela al amanecer.
No hay registros escritos. Solo lo que los viejos contaban en las tardes frías de octubre.
Miren bien, muchachos: no todo castigo viene del cielo. Algunos nacen del desprecio, del odio y de las culpas no lavadas. La Cegua no busca inocentes… busca reflejos.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la leyenda publicada en Leyendas de Tlalpujahua
sitio web oficial de Tlalpujahua Michoacán, 2022.