
Guanajuato no solo se recorre con los pies: se camina con la memoria. Sus callejones retorcidos guardan historias que no figuran en los mapas, pero que se saben de memoria los muros, los perros nocturnos y las campanas que suenan cuando nadie las toca.
Hubo un tiempo —dicen los viejos— en que una callejuela empinada, perdida entre vericuetos que subían al cerro, fue testigo de un amor tan profundo que ni la propia Muerte pudo ignorarlo. Desde entonces, a ese rincón se le conoce como El Callejón de la Buena Muerte.
En aquella casucha
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en aquella calle torcida vivía la vecina más dulce y más pobre de todas: una viejecita de cabellos nevados y sonrisa cansada, que subsistía de la caridad pública. No tenía más familia que su nietecito, un chiquillo de apenas seis años, vivaracho y noble, que jamás se apartaba de su lado.
Ambos andaban descalzos casi siempre. A veces, alguna alma piadosa le regalaba al niño unos zapatos demasiado grandes o demasiado chicos, pero él los recibía como si fueran de oro, porque el sol ya no le quemaba las plantas ni las piedras le desgarraban la carne. Sobre todo, porque seguía caminando de la mano de su abuela.
Vestían ropa remendada, sí, pero limpia; tan limpia que inspiraba respeto. Vivían en un cuartucho donde el invierno se colaba sin pedir permiso. En las noches heladas, la anciana lo acunaba contra su pecho, prestándole el poco calor que le quedaba al cuerpo.
—Abuelita… no quiero que te mueras —le decía el niño en la oscuridad—. Nadie me quiere como tú.
Ella callaba, y cuando el niño notaba que sus dedos se humedecían al tocarle el rostro, la anciana respondía que estaba rezando.
El hambre, los perros y la sombra cercana
En aquellas noches, cuando el aullido de los perros rompía el silencio, el niño preguntaba si también ellos tenían hambre… o si acaso veían pasar a la Muerte.
La abuela no contestaba. Pensaba, en silencio, qué sería del niño si ella faltaba.
Y no tardó en llegar la desgracia.
El pacto
Una noche, la fiebre tomó al pequeño. Ardía, deliraba, y en su delirio solo pronunciaba una palabra: abuelita. La anciana, desesperada, invocó a todos los santos que conocía, suplicando que no le arrebataran su único tesoro.
Fue entonces cuando la Muerte se le apareció.
Alta, enlutada, inevitable.
—Tus ruegos me han conmovido —dijo la Pálida—. Venía por el niño… pero puedo dejarlo vivir. A cambio, no volverás a ver la luz del sol. Quedarás ciega para siempre.
La anciana aceptó sin dudar.
Y al amanecer, el niño sanó… y la abuela quedó ciega.
La luz del alma
Desde ese día, el pequeño fue su lazarillo. La gente, al verlos, se compadecía más: hubo más pan, más mantas, alguna vela encendida en la noche.
Ella, con los ojos abiertos a la nada, decía mirar con la luz del alma. Pedía al niño que se acercara para reconocerlo con las manos, memorizar su rostro una vez más.
El niño no supo de la ceguera hasta que un día la soltó para correr tras una limosna y la anciana chocó contra un muro. Lloró en silencio, como solo lloran los niños que entienden demasiado pronto.
El último trato
Con los años y los padecimientos, la anciana enfermó. El niño no se apartó de su lado.
—No te mueras, abuelita… dime a quién le rezo.
En sueños, la Muerte regresó.
—Ahora sí vengo por ti.
La anciana suplicó una prórroga. La Muerte propuso cegar al niño.
—Eso jamás —respondió ella.
Entonces la Pálida ofreció llevárselos a los dos, juntos, para que no se separaran jamás.
La anciana aceptó… con una condición: que fuera mientras el niño dormía, para que no sintiera la muerte.
Y así fue.
Las campanas que no eran de este mundo
Aquella noche, quienes velaban escucharon dos campanadas extrañas, distintas a todas las de la ciudad, seguidas de un canto lejano que se perdió en el cielo.
Al amanecer, hallaron los cuerpos de la anciana y el niño, sin velas ni mortaja. Se dijo que murieron de hambre y frío. Otros afirmaron que la Muerte cumplió su palabra.
Con el tiempo, el lugar se volvió sitio de peregrinación de los desesperados. Los perros aullaban en noches lluviosas, y algunos juraban ver una sombra enlutada rondando las ruinas.
Años después, los vecinos levantaron una capilla en ese sitio, dedicada al Señor del Buen Viaje, para recordar aquel amor que prefirió morir junto antes que vivir separado.
Mis queridas almas lectoras, esta no es una historia de miedo, sino de pobreza, sacrificio y amor verdadero. Porque hay dolores tan hondos que ni la muerte parece castigo, sino descanso. Y hay promesas que solo se pueden cumplir cerrando los ojos para siempre.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ezequiel Almanza Carranza,
Leyendas Guanajuatenses