
Mis queridas almas lectoras, dicen que la tierra guarda memoria, y que en sus montes, ríos y volcanes se esconden historias que el viento susurra a quienes saben escuchar. No hay valle en nuestra vasta nación que no tenga un suspiro antiguo, ni río que no haya nacido de una pena profunda. En el corazón del Valle de Matatipac, donde el horizonte se pinta de fuego al atardecer, descansan tres testigos silenciosos: un volcán, un cerro y un río… unidos por una tragedia que ni el tiempo ha logrado borrar.
El origen de un amor destinado
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que mucho antes de que las campanas de los templos anunciaran nuevas eras, el Valle de Matatipac era gobernado por el sabio Rey Trigomil, hombre de justicia recta y corazón prudente. Entre sus mayores tesoros se encontraba su hija, la princesa Mololoa, cuya belleza no sólo era motivo de admiración, sino también de deseo en tierras lejanas.
Mas la doncella no era mujer de caprichos ajenos, y pidió a su padre elegir por sí misma al hombre que habría de compartir su destino. Fue entonces que conoció a Tépetl, joven guerrero de palabra firme y espíritu noble, con quien tejió, entre conversaciones y miradas, un amor sincero.
Dicen los viejos que cuando el amor es verdadero, no hace ruido… pero sí despierta tempestades.
La sombra de Sangangüey
No tardó en llegar aquel cuya presencia anunciaba desgracia. Sangangüey, guerrero de fuerza descomunal y carácter soberbio, se presentó ante la princesa con intenciones de tomarla como esposa. Mololoa, firme en su decisión, rechazó sus ofrecimientos, mas el orgullo herido de aquel hombre no conocía la resignación.
Se cuenta que su voz, al jurar venganza, hizo temblar la tierra misma… y no era metáfora, pues Sangangüey poseía dones oscuros que muchos temían nombrar.
Porque hay hombres que no saben amar… y confunden el deseo con dominio.
El rapto y la batalla
Una mañana, cuando la aurora apenas despuntaba, Sangangüey raptó a la princesa, llevándola consigo como quien arrebata un trofeo. Tépetl, al enterarse, no dudó un instante y emprendió su búsqueda, cruzando montes y senderos durante días que parecieron eternos.
Al fin los encontró.
La batalla que siguió no fue digna de mortales comunes. Golpes, fuego y furia se desataron entre ambos guerreros, mientras la princesa, herida en cuerpo y alma, huía hacia lo alto de una roca para presenciar el destino que se forjaba ante sus ojos.
El nacimiento del volcán y el cerro
La furia de Sangangüey era tal, que de sus ojos brotaba humo y de su boca, fuego. Tépetl, con astucia, comenzó a lanzar piedras hasta cubrirlo por completo. Mas el calor infernal fundió aquellas rocas, aprisionando al guerrero en una masa ardiente que dio origen al imponente Volcán Sangangüey.
El valle se cubrió de ceniza, y el cielo se volvió oscuro.
En un último intento por sofocar aquella furia, Tépetl arrojó una enorme roca a la boca del volcán, dividiéndolo en dos. Luego, elevándose sobre un montículo de piedras, buscó a su amada… pero el destino aún no había dicho la última palabra.
Sangangüey, en su agonía, lanzó una última bocanada de fuego que alcanzó a Tépetl, fundiéndolo en piedra. Así nació el Cerro de San Juan, testigo eterno de un amor que no pudo cumplirse.
El llanto que se volvió río
Desde lo alto, la princesa Mololoa contempló la tragedia. Su dolor fue tan profundo que sus lágrimas comenzaron a brotar sin consuelo. Primero fue un hilo de agua… luego un caudal imparable.
Dicen que nunca dejó de llorar.
Su cuerpo, consumido por la pena, se transformó en un río de aguas cristalinas que recorrió todo el valle hasta unirse con corrientes mayores. Así nació el Río Mololoa, que hasta nuestros días sigue su curso, como si aún buscara aquello que le fue arrebatado.
Porque hay dolores que no se entierran… sólo se transforman.
El eco eterno en el Valle de Matatipac
Hoy, quienes habitan estas tierras miran al horizonte y, sin saberlo, contemplan una historia petrificada. El Volcán Sangangüey, el Cerro de San Juan y el Río Mololoa no son simples accidentes geográficos… son vestigios de una pasión, de una lucha y de un lamento que se niega a morir.
Y así, la tierra recuerda… aunque los hombres olviden.
Dicen los viejos que el amor, cuando es forzado, se vuelve desgracia… pero cuando es verdadero, ni la muerte logra apagarlo, pues encuentra la forma de quedarse, aunque sea en piedra o en agua.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Leopoldo Celis
