
Mis queridas almas lectoras cuando la noche cae sobre los antiguos rincones de México, hay lugares donde el tiempo parece no avanzar, donde las sombras guardan secretos que no desean ser perturbados. Tal es el caso de los viejos lavaderos de El Dique, en la húmeda y siempre melancólica Xalapa, donde el murmullo del agua no sólo arrastra hojas, sino también recuerdos que estremecen el espíritu.
Una figura que no pertenecía a este mundo
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace ya varias décadas, cuando en aquel sitio aún resonaban los golpes de ropa contra piedra y el eco de las voces se mezclaba con el correr del agua, comenzó a aparecer una figura imposible de ignorar.
Era una mujer vestida de blanco, de andar ligero, casi suspendido en el aire, como si el suelo no fuese digno de sostenerla. Su silueta, a la distancia, parecía la de cualquier dama de la época, discreta y silenciosa; pero había en ella algo que inquietaba incluso antes de verla de cerca, como ese presentimiento que advierte al alma antes de que el peligro se manifieste.
Hombres que siguieron su destino
En aquellos años, no eran pocos los hombres que, al caer la noche, regresaban a casa con el juicio nublado por el licor. Y fue precisamente en ese estado donde muchos de ellos creyeron encontrar en aquella mujer una compañía inesperada.
La veían a lo lejos, cruzando junto a los lavaderos, y sin mediar palabra comenzaban a seguirla, atraídos por una mezcla de curiosidad y encanto inexplicable. Algunos juraban que su figura les llamaba sin voz, que sus pasos se volvían más ligeros al intentar alcanzarla.
Mas lo que parecía una travesura nocturna pronto se tornaba en tragedia.
El instante que helaba la sangre
Cuando por fin lograban acortar la distancia y la misteriosa mujer giraba su rostro hacia ellos, la ilusión se desvanecía con brutalidad.
No había belleza en su semblante.
No había humanidad.
Donde debía hallarse un rostro, se revelaba una desmesurada calavera de caballo, descarnada, imposible, grotesca en su naturaleza. Aquella visión era suficiente para quebrar el ánimo del más valiente.
Dicen que algunos caían fulminados al instante, como si el alma abandonara el cuerpo sin previo aviso. Otros simplemente se desplomaban, vencidos por el terror, despertando al amanecer sin poder explicar lo ocurrido… o sin desear recordarlo.
Susurros entre agua y piedra
Con el paso de los años, los lavaderos desaparecieron, y en su lugar surgieron nuevas construcciones, modernas y ajenas al pasado. Sin embargo, hay quienes aseguran que, en noches especialmente silenciosas, cuando la neblina baja y el aire se vuelve espeso, aún puede sentirse una presencia.
No todos la ven.
Pero quienes han tenido la desdicha de cruzar su camino, coinciden en algo: el sonido del agua parece detenerse, y una sensación fría, como de otro mundo, se posa sobre los hombros.
Porque hay historias que no se disuelven con el tiempo… sólo aprenden a ocultarse mejor.
Hay encuentros, muchacho, que no fueron hechos para el hombre… y hay curiosidades que se pagan caro. Porque no todo lo que camina en la noche busca compañía; a veces, sólo espera a quien tenga la imprudencia de seguirle.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo (compilador), Sonido del Agua y la Arena (Historias, cuentos y leyendas de Xalapa).
