
Mis queridas almas lectoras, hay pueblos donde el viento sopla distinto y donde ciertas puertas conviene no tocarlas después de la caída del sol. Veracruz guarda historias húmedas de neblina y maizales, relatos que pasan de boca en boca mientras las brasas del fogón se consumen lentamente. Entre todas esas narraciones antiguas, existen algunas que provocan más inquietud que miedo, pues hacen dudar al hombre de aquello que considera imposible.
Dicen los viejos que en Perote, tierra fría y silenciosa, no todos los animales nacen como animales… ni todas las personas permanecen con forma humana cuando llega la noche.
Porque hay secretos que se esconden bajo la piel, y hay familias enteras marcadas por antiguos pactos.
El viaje por los guajolotes
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace ya muchos años, don Francisco y la señora Raquel Rodríguez Acosta decidieron viajar desde Xalapa hasta Perote para comprar un par de guajolotes. El motivo era sencillo: allá los animales costaban menos y el cumpleaños del señor merecía buena comida y abundante mesa.
Partieron temprano, atravesando caminos envueltos en neblina y campos silenciosos donde apenas se escuchaba el graznido de los cuervos. El matrimonio iba de buen humor, ignorando que aquella pequeña diligencia terminaría convirtiéndose en una de las experiencias más aterradoras de su vida.
Hay quienes dicen que uno puede reconocer los días desgraciados desde la mañana… pero el ser humano rara vez escucha las advertencias del destino.
La casa extraña de Perote
Después de algunas recomendaciones de pobladores locales, llegaron a una humilde vivienda donde supuestamente vendían buenos guajolotes. Tocaron la puerta y fueron recibidos por un niño de aproximadamente cinco años que jugaba tranquilamente junto a un hermanito todavía más pequeño.
Don Francisco preguntó por la madre de los niños. El pequeño, con absoluta naturalidad, respondió algo que heló el ambiente:
— Mi mamá fue a robar un borrego.
Doña Raquel creyó haber escuchado mal. Pensó que el niño simplemente repetía alguna travesura o malentendido. Sin embargo, insistió preocupada:
— ¿Y no la van a atrapar?
El niño respondió con una serenidad imposible para su edad.
— No, señora. Nadie se dará cuenta. Mi papá y mi mamá son nahuales.
El secreto de los nahuales
La pareja, entre divertida y desconcertada, decidió seguirle el juego al muchacho.
— ¿Y qué es eso de ser nahuales? —preguntaron.
El pequeño sonrió orgulloso.
— Es algo muy fácil. Mi hermanito y yo también somos nahuales.
Cuentan que los señores soltaron una pequeña risa nerviosa. Los niños parecían inocentes, incluso simpáticos. Doña Raquel intentó acariciarles la cabeza, como hacen las personas mayores con los infantes traviesos.
Pero apenas acercó la mano, los pequeños dieron un salto hacia atrás.
Entonces ocurrió lo imposible.
Los niños que se volvieron guajolotes
Los dos niños comenzaron a girar rápidamente sobre sí mismos, como pequeños trompos descontrolados. Sus cuerpos se desdibujaron entre movimientos violentos y un extraño sonido semejante al batir de alas llenó el patio.
En cuestión de segundos, donde antes había dos criaturas humanas, quedaron solamente un par de pequeños guajolotes.
Totolitos vivos.
Totolitos que observaban fijamente al matrimonio.
Hay espantos que hacen correr… y otros que hacen rezar.
Don Francisco y doña Raquel, pálidos y temblorosos, salieron de aquella casa entre gritos y plegarias. Subieron al automóvil sin mirar atrás y condujeron de regreso a Xalapa tan rápido como pudieron.
Jamás volvieron a Perote.
El extraño cambio del matrimonio
Con el paso de los días, los amigos del matrimonio notaron algo todavía más extraño. Don Francisco y doña Raquel no podían soportar el olor de la carne.
Ni pollo. Ni res. Ni cerdo. Mucho menos guajolote.
Cada vez que alguien servía comida de origen animal, ambos palidecían como si recordaran algo terrible. Finalmente dejaron de consumir carne por completo y se volvieron vegetarianos.
Algunos dicen que fue consecuencia del miedo.
Otros aseguran que quien presencia un verdadero acto de nahualismo jamás vuelve a ver igual a los animales.
Y no falta quien murmure que aquellos pequeños guajolotes miraban demasiado… demasiado como seres humanos.
El eco de los testigos
La historia comenzó a correr por Xalapa y Perote como corren las leyendas antiguas: primero en voz baja, luego en mercados, cocinas y reuniones familiares.
Hubo quienes se burlaron.
Hubo quienes aseguraron conocer familias capaces de transformarse en perros, cerdos, aves o coyotes durante las madrugadas.
Porque en muchos pueblos de México, la figura del nahual no pertenece solamente al cuento. Forma parte de una creencia profundamente arraigada desde tiempos prehispánicos, donde ciertos hombres y mujeres podían adoptar forma animal gracias a conocimientos prohibidos y antiguos rituales.
Y como bien decían los abuelos: “No todo lo que camina en cuatro patas nació bestia.”
El miedo más profundo no nace de los monstruos… sino de descubrir que el mundo todavía guarda secretos que la razón no puede explicar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo, Historias, cuentos y leyendas de Xalapa, 2002.
