
En el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde el bullicio moderno apenas logra ocultar el eco del pasado, se levanta un edificio de tezontle rojo cuya presencia impone respeto y curiosidad. El antiguo Palacio de la Inquisición, conocido también como la Casa Chata, no sólo destaca por su singular arquitectura barroca diseñada por Pedro de Arrieta entre 1732 y 1736; también por la memoria oscura que lo habita.
A lo largo de los siglos, este recinto fue tribunal, cárcel, internado, cuartel y escuela. Hoy es museo, pero quienes han cruzado sus puertas aseguran que entre sus muros aún respira una historia de dolor, fe y misterio que no termina de apagarse.
La historia que no se borra de los muros
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que; cuando el Tribunal del Santo Oficio dominaba la vida espiritual y social de la Nueva España, el Palacio de la Inquisición era el lugar más temido de la ciudad. Bastaba pronunciar su nombre para que muchos se santiguaran.
Entre 1736 y 1820, el edificio fue escenario de interrogatorios, procesos por blasfemia y condenas que, en no pocas ocasiones, culminaban en tortura o muerte. Los calabozos de la temida cárcel de La Perpetua guardaron a personajes célebres y anónimos: el insurgente José María Morelos, Fray Servando Teresa de Mier, Guillén de Lampart —quien buscó la independencia novohispana— y la familia Carbajal, acusada de judaísmo.
Los testimonios describen salas secretas, túneles que conectaban con la Iglesia de Santo Domingo y pasillos reservados a inquisidores y guardias. En aquellos corredores, dicen, los gritos de clemencia resonaban como campanas de agonía.
De tribunal del terror a templo del conocimiento
Tras la abolición de la Inquisición en 1824, el edificio quedó abandonado durante años. Luego fue internado, escuela, oficinas episcopales y cuartel militar. En 1854 se transformó en sede de la Escuela de Medicina, donde los estudiantes, acostumbrados a la ciencia, comenzaron a narrar sucesos inexplicables.
En 1950 la Universidad Nacional Autónoma de México trasladó la escuela a Ciudad Universitaria, pero conservó el inmueble y lo convirtió en 1980 en el Museo de la Medicina Mexicana. Así, el recinto pasó del tormento al estudio del cuerpo humano, aunque la memoria del sufrimiento nunca desapareció del todo.
Sombras que caminan entre la historia
Las leyendas del Palacio son numerosas, transmitidas por generaciones de vecinos, estudiantes y vigilantes.
El hombre decapitado
Se dice que en las calles cercanas aparece una figura sin cabeza, caminando con paso errante tanto de día como de noche. Algunos creen que fue un condenado del tribunal cuya alma jamás encontró descanso.
El monje errante
Otros relatan ver a un monje salir de la Iglesia de Santo Domingo rumbo al callejón de Leandro Valle. Su figura se desvanece frente a una antigua imprenta, como si el tiempo lo reclamara de vuelta.
Las trece momias del túnel
En 1860, durante trabajos de remodelación, obreros descubrieron un túnel secreto que conducía a una sala de tortura donde hallaron trece momias. La tradición sostiene que una de ellas podría haber sido la de Fray Servando Teresa de Mier, aunque la historia permanece envuelta en misterio.
La mujer que implora sepultura
Guardias nocturnos aseguran haber escuchado lamentos de una mujer que suplica una sepultura cristiana. Su figura aparece entre sombras, grita, se jala los cabellos y desaparece, dejando tras de sí un silencio que hiela la sangre.
La Mulata de Córdoba
Una de las historias más célebres cuenta que Soledad, la bella Mulata de Córdoba, fue encarcelada acusada de brujería. La víspera de su ejecución dibujó un barco en la pared de su celda y, ante la mirada del carcelero, se introdujo en la pintura para desaparecer. Hay quienes afirman que, en ciertas noches, la barca navega lentamente por los pasillos del palacio.
Tragedias que alimentaron el mito
El dolor no terminó con la Inquisición. En 1873, el joven poeta Manuel Acuña se suicidó en el recinto, consumido por el desamor hacia Rosario de la Peña. La tragedia añadió una capa más de melancolía al edificio.
Asimismo, la historia del pintor Simón Pereyns —quien pintó la Virgen del Perdón en su celda para obtener clemencia— reforzó la idea de que entre esos muros la fe, el arte y el sufrimiento se entrelazaban.
Un edificio donde la belleza y el misterio conviven
Arquitectónicamente, el palacio es una joya virreinal. Su fachada de tezontle rojo y marcos de chiluca gris, su patio con arcos sin columnas y la majestuosa escalera de doble rampa coronada por la estatua de San Lucas, contrastan con la oscuridad de su pasado.
Hoy, entre salas dedicadas a la medicina indígena, la herbolaria y la evolución científica, el visitante puede recorrer también las antiguas cárceles y observar instrumentos de tortura. Quizá por ello muchos describen la experiencia como caminar entre la ciencia y el espectro de la memoria.
Dicen los viejos que los edificios guardan memoria como los árboles guardan anillos en su tronco. El Palacio de la Inquisición no es la excepción. Sus piedras escucharon rezos, confesiones, promesas y gritos; vieron caer lágrimas de inocentes y la fe de los condenados.
Y aunque el tiempo lo convirtió en museo, hay dolores que no se archivan en vitrinas ni se borran con el paso de los años. Quizá por eso, cuando el silencio cae sobre la Plaza de Santo Domingo, parece que el pasado vuelve a caminar entre sombras.
A su mercé…
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Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
