
Mis queridas almas lectoras hay nombres que provocan miedo, otros respeto y algunos, no nos hagamos los desentendidos, una inevitable sonrisa.
Quien recorre Santiago de Querétaro con suficiente curiosidad descubre que sus historias no viven únicamente entre las viejas casonas, los conventos, los callejones y las sombras que atraviesan de madrugada los muros de cantera. También se esconden en las cocinas, en los obradores y hasta en las vitrinas donde aguardan esos pequeños placeres capaces de echar por tierra cualquier propósito de dieta.
Tal es el caso de unos chocolates cuyo nombre resulta difícil pronunciar por primera vez sin levantar una ceja: Pedos de Monja.
Sí, su mercé ha leído correctamente.
Pero antes de que la imaginación comience a cometer irreverencias contra las buenas religiosas, conviene aclarar que, de acuerdo con la historia contada alrededor de estos chocolates queretanos, el nombre tendría un origen mucho más inocente y, sobre todo, bastante más enredado.
Porque hay errores que se corrigen, errores que se olvidan… y otros que terminan cubiertos de chocolate.
El curioso nacimiento de los Pedos de Monja
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que la historia de los Pedos de Monja está ligada a dos chocolateros mexicanos establecidos en Santiago de Querétaro, fundadores de la chocolatería boutique El Palacio del Chocolate.
Según el relato difundido alrededor de esta golosina, mientras trabajaban en la creación de sus chocolates artesanales surgió una preparación inesperada. Aquello que podía considerarse simplemente un error terminó convirtiéndose en algo mucho más afortunado.
La combinación resultó tan agradable que aquella equivocación no fue desechada.
Y ésa es una vieja enseñanza que conviene recordar: a veces el accidente solamente es una buena idea que todavía no sabe cómo presentarse.
El resultado acabaría transformándose en uno de los productos característicos de la casa. Sin embargo, faltaba resolver un pequeño asunto.
Había que ponerle nombre.
Y ahí comienza la parte verdaderamente curiosa de nuestra historia.
De un nombre extranjero a una confusión memorable
La tradición compartida por los chocolateros cuenta que el peculiar nombre fue inspirado por la historia de un pastelero italiano afincado en Barcelona, relacionado con un postre cuyo nombre habría sido “Petto di monca”, interpretado como “Pecho de Monja”.
Pero las palabras, igual que los fantasmas, tienen la mala costumbre de aparecer donde uno menos las espera.
Según esta versión, durante la transmisión o traducción del nombre ocurrió una confusión: aquello que debía entenderse como “Pecho de Monja” terminó convertido en algo bastante menos solemne.
Pedo de Monja.
Y habrá de reconocer su mercé que, una vez pronunciado semejante nombre, olvidarlo resulta casi imposible.
El equívoco sobrevivió, hizo fortuna y terminó ligado a estas pequeñas piezas de chocolate elaboradas en Querétaro.
De modo que no habría sido una religiosa indiscreta quien bautizó el dulce, ni existe en la historia convento alguno cuyos muros guarden tan comprometedor secreto.
Aunque debo confesar que habría sido una leyenda magnífica.
Un error que encontró su lugar en Querétaro
Con el tiempo, aquellos chocolates adquirieron identidad propia y su extraño nombre se convirtió precisamente en una de sus características más reconocibles.
Lo que comenzó como una improvisación terminó siendo presentado como una especialidad artesanal queretana: una pequeña pieza de chocolate cuyo nombre despierta primero curiosidad y después obliga a preguntar por su historia.
Y ésa es quizá la parte más interesante de este relato.
Las tradiciones no siempre necesitan siglos para comenzar.
Algunas nacen lentamente, pasan de abuelos a nietos durante generaciones y terminan perdiendo el nombre de quien las contó primero. Otras aparecen frente a nuestros propios ojos y comienzan su camino gracias a una anécdota suficientemente peculiar para ser repetida.
Porque una historia que nadie cuenta termina olvidada; una que provoca una sonrisa tiene mejores posibilidades de sobrevivir.
Entre el chocolate, el recuerdo y la tradición
La historia original que acompaña a los Pedos de Monja compara la vida con una mezcla de amor, sabores, circunstancias amargas y experiencias capaces de transformarse en recuerdos.
No resulta mala comparación.
El chocolate mismo necesita equilibrio. Amargo por naturaleza, requiere manos pacientes para convertirse en algo diferente. Con la vida sucede cosa parecida: no siempre podemos elegir aquello que llega a nuestra mesa, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello.
Quizá por eso resulta simpático que esta historia tenga como protagonista precisamente un error.
Uno de esos errores que, en lugar de terminar escondido en el fondo de una cocina, encontró nombre, identidad y lugar entre las curiosidades gastronómicas de Querétaro.
De acuerdo con la frase que acompaña a estos chocolates:
“Más vale adentro que afuera.”
En este caso particular, almas lectoras, difícilmente podría estar más de acuerdo.
Cuando una anécdota comienza a convertirse en leyenda
¿Estamos ante una antigua leyenda queretana de tiempos virreinales? No. Al menos, el relato que conocemos no pretende semejante antigüedad.
Estamos frente a otro fenómeno igualmente interesante: el nacimiento de una tradición contemporánea.
Un producto, una anécdota, un nombre extraordinariamente fácil de recordar y una historia que comienza a circular entre quienes visitan Querétaro o prueban estos chocolates.
Así comienzan muchas historias populares.
Primero alguien cuenta lo ocurrido. Después otro lo repite agregando algún detalle. Pasan los años, cambian las palabras y llega un momento en que nadie recuerda exactamente dónde terminó el acontecimiento y dónde comenzó la leyenda.
He visto ese fenómeno durante más de un siglo entre vivos y difuntos.
Y puedo asegurar algo: los fantasmas son buenos inventando versiones… pero los vivos no se quedan atrás.
Decían los mayores que no conviene despreciar demasiado pronto una equivocación, porque el tiempo suele encontrar utilidad hasta para nuestros tropiezos.
Los Pedos de Monja parecen demostrarlo de una manera particularmente dulce: un error puede convertirse en recuerdo, el recuerdo en historia y la historia, si encuentra suficientes voces que la repitan, en tradición.
Y si además está cubierta de chocolate, pues lleva ventaja.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la leyenda compartida por El Palacio del Chocolate, La Leyenda: Pedos de Monja, s. f.
